El signo de Juan
Hubo un hombre enviado por Dios. Se llamaba Juan. El no era la luz, pero vino a dar testimonio a favor de la luz. El mismo era signo, en su mensaje y en su vida, del Signo que había de venir «a poner al descubierto lo que había en los corazones de los hombres». El nacimiento de Juan estuvo acompañado de «signos» que hicieron pensar a la gente. «Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón diciendo: Pues ¿qué será este niño? Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él» (Jn 1, 65-66).
Juan era un niño cuando todo esto sucedió; pero, según fue creciendo, se iría enterando de los acontecimientos que rodearon su nacimiento y moldearon su vida desde la infancia. Por qué le pusieron por nombre Juan, en vez de Zacarías como su padre; por qué nunca le dieron de beber vino ni sidra, cuando a todos los demás les daban; por qué todos lo trataban a él de manera distinta que a los demás chicos; por qué sentía atracción a vivir en el desierto; por qué se veía llamado a una misión que no comprendía del todo y que sólo iría averiguando según se adentraba en ella... El joven Juan tenía pensamientos de sobra para llenar sus días de desierto.
No sabía quién era aquel a quien debía anunciar (Jn 1, 33), ni cuándo iba a aparecer; sin embargo, inauguró con fe un adviento de esperanza para preparar los caminos de aquel que iba a venir. Predicó, amonestó, llegó a expresar la urgencia de su mensaje en el gesto público de un rito visible, y bajó a las aguas del río y lavó con ellas en símbolo y promesa a todos aquellos hombres y mujeres atraídos por su austeridad y santidad, en purificación conjunta, ante la visitación venidera. Hacía falta tener fe para decir: «Ya está al llegar», cuando él mismo no sabía cuándo llegaría ni cómo iba a enterarse él mismo, ni siquiera quién era exactamente aquel cuyas sandalias él no iba a ser digno de desatar: Sin embargo, él continuó con su pregón, reunió multitudes y exigió penitencia. Preparad los caminos. Alguien está al llegar, y su venida va a cambiar todo en el mundo. Esperadle. Ya se acerca.
Llegó por fin. Se le informó a Juan que aquel sobre quien viese descansar al Espíritu era el que estaba esperando. Juan lo vio y vio al Espíritu. Y desde aquel momento todo lo que había en Juan se convirtió en un solo gesto de abrazo extendido y una sola proclamación con toda su vida en ella: ¡Ese es el que había de venir! De él es de quien os hablé y para cuya venida os pedí que os purificarais; él es quien viene a salvar a Israel, quien os bautizará con fuego y Espíritu Santo. Seguidle.
«Al día siguiente vio a Jesús venir hacia él y dijo: ‘He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Viene un hombre detrás de mí que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él sea manifestado a Israel’. Y Juan dio testimonio» (Jn 1, 29-31).
La misión de Juan era llevar el pueblo a Jesús. «Ese es el Cordero de Dios». Testimonio y llamamiento. Seguidlo. Id tras él. Ved por vosotros mismos. Basta con os acerquéis a él y habléis con él y os dejéis guiar por lo que él os diga. Una vez que estéis en contacto con él, se acaba mi trabajo. Yo he hecho discípulos sólo para que se hagan sus discípulos. Yo le he dicho a la gente que sea honesta para que puedan mirarlo de frente y encontrar su mirada. Yo he enderezado los caminos para que la gente pueda caminar y llegar a él. Esa es mi misión; ésa mi vida. Una voz, un eco, una señal. Una mano que señala hacia él: Ese es el Cordero de Dios.
Se le quejaron a Juan de que Jesús hacía más discípulos que él, y de que sus propios discípulos lo dejaban para irse con Jesús. Juan debió sonreír. ¡Eso era precisa mente lo que él quería! Que la gente fuera a Jesús. Sin embargo, hay un dejo de sentir humano en el comentario que él mismo hizo aceptando el privilegio de ser «signo», y reconociendo al mismo tiempo la limitación de ser solamente signo, que no deja de dolerle: «El hombre tiene sólo lo que Dios le da» (Jn 3, 27). El no es el Mesía sino su precursor; no es el novio, sino el amigo del novio; pero enseguida añade bellamente: «el amigo del novio está a su lado y lo oye, y se llena de alegría con la voz del novio». Siempre discreto, siempre a distancia, siempre dispuesto a ser eclipsado, a «disminuir mientras (Jesús) crece». Esa es la definición misma del signo: señalar, preparar, alegrarse... y luego desaparecer. Esa la vocación de Juan.
Juan conocía bien su misión, sabia que era difícil, y lo verificó paso a paso al adentrarse más en ella. Había proclamado valientemente que él tenía que disminuir, y se encontró en la cárcel, olvidado de todos menos de un puñado de discípulos, y amenazado por los caprichos de un rey lascivo. La cárcel era dura, la soledad era angustiosa, y más angustiosa todavía era la duda que lo torturaba día y noche en las largas horas de su oscuro calabozo: ¿Era de hecho verdad todo aquello por lo que había vivido? ¿Era genuina su vocación y auténtica su misión? ¿O se había engañado? ¿Es Jesús de veras el Mesías? No lo parece. De lo que yo he predicho, nada sucede. Yo proclamé que el hacha se cernía ya sobre la raíz, que el bieldo estaba ya en sus manos e iba a limpiar la era para recoger el trigo en su granero y quemar la paja en un fuego que no se apaga. Yo dije todo eso, y lo dije con claridad y con firmeza, y lo repetí mil veces ante las multitudes que venían a oírme; pero nada de eso ha sucedido ni lleva trazas de suceder. El país sigue tal como estaba; la sociedad sigue lo mismo que antes, Jesús se mueve de aquí para allá sin conseguir nada; yo, su precursor oficial, estoy en la cárcel, y cortesanos malvados manipulan los caprichos del rey. ¿No será que éste no era de veras el Mesías, que yo me equivoqué, que en mi impaciencia tomé mis sueños por realidades y me pasé de la raya? ¿No podría ser que el verdadero Mesías aún está por venir, y todos hemos de seguir esperando a quien en verdad va a traer la renovación que yo he anunciado?
Esa es la prueba de fe para todo apóstol. He anunciado el Reino, he animado al pueblo, les he asegurado que la virtud es el único camino, que la verdad siempre triunfa y la honradez es lo que resulta a la larga, que Dios es justo y el Evangelio es verdad; he levantado la fe e inspirado el amor; he proclamado que las oraciones siempre son oídas y la virtud recompensada; he señalado confiadamente la presencia del que viene a bautizar con el fuego y el Espíritu. Y luego, cuando, después de muchos años de esfuerzo constante y trabajo sin límites, me siento serenamente y miro alrededor mío y examino los resultados y peso los hechos y me enfrento en sinceridad total con mi conciencia en el centro de mi alma, siento que me atenaza la oscuridad del calabozo de Juan, y sus preguntas se hacen mías. ¿Y para esto he trabajado yo tanto? ¿Es éste el resultado de mis esfuerzos? ¿Es esto por lo que yo he vivido y lo que he proclamado que valía la pena de todo sacrificio y toda entrega? ¿O me he equivocado en algo, me he engañado a mí mismo y he andado tras una sombra que es ahora la oscuridad que me rodea? ¿Dónde está el fuego y el Espíritu? ¿Dónde quedan el Evangelio y el Reino? He andado un largo camino y veo ya cercano el fin de mi andadura... sin ver ni un destello de la luz que esperaba ver antes del fin. Nada ha sucedido. Nada ha cambiado. Dejaré este mundo tal como lo encontré. He malgastado mi vida, y malgastada será ya hasta el final. ¿Dónde, entonces, queda mi esperanza? ¿Qué valor tiene mi testimonio? ¿Quién es de veras el que ha de venir?
Juan, en su angustia, hizo esa pregunta, y se la hizo al mismo Jesús. Si Jesús no era el que había de venir, al menos él sabría quién lo era, al menos Juan podría ganar alguna luz con su respuesta, ya que de ningún otro podía esperar ayuda en la soledad de su calabozo y en el fondo de su duda. Quería a toda costa, necesitaba apoyo y consuelo, y lo buscó a través de la pregunta desnuda que lo acongojaba. Pudo contactar con dos discípulos en quienes confiaba, y les encargó fueran a Jesús y le hicieran en su nombre la pregunta directa: «¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?» Pregunta trágica cuando se hace desde un calabozo del que no se saldrá con vida. ¿Acerté al señalarte a ti, o me equivoqué y tengo que buscar a otro, cuando no sé cuánta vida me queda ya para buscar? Pregunta patética si las hay, y en ella va la vida entera de Juan. Sería ingenuo pensar que Juan había ideado esa situación en beneficio de sus discípulos, que así aprenderían directamente de Jesús, mientras que él, Juan, se sabia perfectamente la respuesta y sólo fingía ignorancia. Eso sería indigno de la seriedad del momento. Nadie gasta bromas desde un calabozo en la prisión, y Juan y Jesús no andaban de broma. Juan no podía ir más en serio. Preguntó porque necesitaba una respuesta; necesitaba saber, antes de morir, que su vida no había sido inútil, que su profecía no había sido en vano, que su misión no había fracasado. Y por eso es a él a quien va dirigida la respuesta de Jesús: «Id y decidie a Juan». El es quien necesita la respuesta. Volved a los calabozos de Herodes, y contádselo todo a Juan. El os espera.
La idea que Juan tenía del Reino difería bastante de la que tenía Jesús. Y nosotros tenemos el mismo problema. Queremos resultados, queremos el reino temporal, la victoria política, el sacudir el yugo de los Césares; queremos santidad tangible, queremos aplauso, éxito. Tenemos ideas propias sobre lo que el Reino de Dios ha de ser en el mundo y en nuestras almas, y trabajamos siguiendo ese modelo.., sólo para encontrarnos con el desaliento cuando vemos que no resulta. Y entonces nos ponemos a pensar. Creíamos que sabíamos... y nos encontramos con que no teníamos ni idea. Ese hallazgo es doloroso. Juan les había reprochado a los judíos: «En medio de vosotros mismos está uno a quien no conocéis». Y ahora, penosamente, cae en la cuenta de que él mismo tampoco conoce a Jesús. Había imaginado que Jesús pensaría como él pensaba; había proyectado sobre Jesús sus propios sueños; había dado por supuesto a Jesús. Y ésa es la mayor equivocación que puede cometer el hombre. Jesús es distinto a todo, y la libertad de su conducta pone a prueba nuestra expectación. Su respuesta le llegó a Juan en la oscuridad de su calabozo y de su fe.
«Id y decidle a Juan: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, los leprosos quedan limpios, a los pobres se les anuncia la Buena Nueva... y ¡dichoso aquél que no pierda la fe en mí! » Esas palabras iban derechas a Juan. Dichoso serás si mantienes firme tu fe en mí hasta el final, pase lo que pase. Ahí estaban los «signos» para ayudar... en medio de la pena que daba el ver a Juan, signo él mismo y heraldo de la llegada del Mesías, que ahora necesita que le den signos a él. Y se los dan. Los ciegos, los lisiados, los muertos. Todo eso tranquiliza bastante. Pero, si es que puede hacer todo eso, ¿por qué no puede sacarme a mí de la prisión? ¿Por qué me he de contentar con un relato de segunda mano de maravillas que no me afectan, mientras se me priva del único favor concreto que yo apreciaría en mi persona, yo que he sido el primero en anunciar el Reino? ¿Por qué ese Reino ha de manifestarse en los ojos de un ciego y no en la libertad de un prisionero? ¿Qué Reino es éste que deja languidecer en la prisión al que lo anunció? Y ¿por qué no contesta claro a mi pregunta? ¿Es él o no el que ha de venir? Sólo me dice que no pierda la fe en él.
Por lo menos parece saber cuál es mi problema. ¿Puedo fiarme todavía de él cuando el desengaño es total?
Mensaje para Juan. Y para nosotros. Dichoso aquel que no pierde la fe en mí. No pierdas la fe, ni siquiera en la oscuridad, ni siquiera en el calabozo, ni siquiera cuando el verdugo viene con órdenes de un rey y caprichos una bailarina y venganza de una concubina, y hay una espada en sus manos y una bandeja en las manos del esclavo que lo sigue para recibir y pasear ante invitados borrachos el don de la cabeza del profeta. No pierdas la fe. Aguanta Yo soy el que había de venir, y tu vida ha sido la que había de ser, y el mundo es lo que ha de ser en mano de Dios, y tú mismo, por mucho que seas enigma y misterio ante ti mismo, eres hijo amado de Dios, querido aceptado en su misma familia. Sigue creyendo siempre No dejes que tu fe vacile.
¡Eres tú el que ha de venir? Mi pregunta. Y toda mi vida va en ella. ¿Es esto lo que yo esperaba? ¿Es por esto por lo que he luchado? ¿Es esto el Evangelio? ¿Es ésta la Iglesia? ¿Es éste el Reino? Con la sinceridad del hombre que ve la muerte desde un calabozo, confieso que lo que veo no se ajusta a lo que yo creía que debía ser. Mi Mesías es distinto. Mi sueño era de otro mundo. Y, sin embargo, con el compromiso final de mi último aliento en la prisión oscura, proclamo mi fe y juro lealtad.
Jesús esperó a que los emisarios de Juan se marchasen y quedaran fuera del alcance de su voz, para empezar a alabar a Juan ante la multitud como nunca lo había hecho ni lo volvió a hacer con nadie en su vida. Y en sus alabanzas, una imagen gráfica: Juan no era una caña agitada por el viento. Juan era firme y constante, y Jesús proclamó con gozo el papel imprescindible que había jugado en su venida. Sí, Jesús era el que había de venir, y Juan era su precursor. Profeta, y más que profeta. «Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, el cual te preparará por delante el camino». Claras palabras que no habían de transmitir los emisarios de Juan.
Juan muere, mártir y testigo, en la oscuridad del calabozo de palacio y en la prueba de su drama de fe. No llegó a oír las palabras del Maestro: «Os aseguro que no ha nacido en esta tierra hijo de mujer mayor que Juan el Bautista».
Del libro “Por la Fe a la Justicia” de Carlos Vallés – Ed. Sal Terrae
Nota de la Redacción: En contra de algunas reglas auto impuestas, esta Redacción cree necesario el párrafo que sigue y tiene la esperanza de no necesitar nuevamente de estas excepciones.
Siempre me ha impresionado este texto que hoy comparto con Uds. Como muchos padres, cuando partió mi hija, pregunté ¿porqué? ¿qué es la vida o que sentido tiene? y nunca tuve respuesta, no vino Dios para explicarme y calmarme, para hacerme entender lo que hubiera que entender. El silencio del universo fue la única respuesta para mi dolor, mi rabia, mi impotencia. Dios no se conmovió conmigo, o por lo menos si lo hizo, eso no lo movió a contestarme de la forma que yo pretendía.
Juan el Bautista, como yo en su momento, preguntó también, acosado por las dudas y el temor. Juan era para Jesús el más grande de los hijo de mujer nacido en este mundo y sin embargo, tampoco tuvo una respuesta explícita. Obviamente, si siendo él lo que era en el afecto de Jesús, el más apreciado de los hombres, y fue tratado como yo, el problema del silencio ya no es de afecto personal sino de género. Juan y yo, somos hombres, y como tales quizás hacemos preguntas que no tienen respuesta. Desde lo reducido de nuestra dimensión humana, preguntamos como un ciego, si que textura tiene el color amarillo, y para el que ve, esa pregunta no tiene sentido y en consecuencia tampoco tiene respuesta. Por eso cuando Jesús responde que el que tenga ojos para ver que vea y oídos para escuchar que escuche, quizás, solo quizás, aventuro, le estaba diciendo que no le alcanzaban sus sentidos para aprehender tanta inmensidad, tanto misterio, a luz de la pequeñez humana.