Sobre la muerte y su relación
con el carácter indestructible de nuestro ser en sí.
Arthur Schopenhauer.
Si
... nos volvemos hacia nosotros mismos y nuestra especie, miramos en lontananza
hacia el porvenir e intentamos imaginarnos las futuras generaciones con
sus millones de individuos bajo la extraña forma de sus costumbres y vestimentas,
entonces nos planteamos esta pregunta: ¿de dónde provienen todos ellos?
¿Dónde están ahora? ¿Dónde está el vasto seno de esa nada preñada de mundos
que alberga todavía las generaciones venideras? He aquí la risueña y verdadera
respuesta a esa pregunta: ¿dónde habría de estar sino allí donde siempre
estuvo y estará lo real, en el presente y su contenido, o sea, en ti, el
fascinado interrogador que, al desconocer su propia esencia, se parece a
la hoja del árbol que en otoño, al marchitarse y estar a punto de caer,
se lamenta de su decadencia y no quiere consolarse con vistas al fresco
verdor que en primavera revestirá el árbol, sino que se queja diciendo:
«¡Eso
no soy yo! ¡Son otras hojas!». ¡Oh, necia hoja! ¿A dónde quieres ir? ¡Y
de dónde han de provenir las otras! ¿Dónde está la nada cuyo abismo temes?
Conoce tu propia esencia, justamente aquello que tan colmado está de sed
de existencia, reconócela en la secreta fuerza interior
del árbol que siempre permanece al margen del nacer y el perecer
en todas las generaciones de hojas. Y «como el linaje de las hojas también
es el de los hombres»”. Si la mosca que ahora que ahora zumba en torno mío
se duerme por la noche y por la mañana zumba de nuevo, o si muere al atardecer
y en la primavera zumba otra salida de su huevo, son en sí la misma cosa
el conocimiento que las presenta como dos cosas radicalmente distintas,
no será incondicionado sino relativo, será un conocimiento del fenómeno,
más no de la cosa en si. La mosca vuelve a estar ahí por la mañana y también
en primavera. ¿Qué diferencia hay para ella entre el invierno y la noche?
En la Fisiología de Burdach
(vol. 1, pag. 275) leemos: «Hasta las diez de la mañana no
se puede ver ninguna cercana efímera (en la infusión) y sobre las doce el
agua está plagada de ellas. Mueren por la noche y vuelven a surgir al día
siguiente. Así lo observó Nitzsch durante seis días sucesivos».
Así dura todo un instante corre hacia la muerte. La planta
y el insecto mueren al final del verano, el hombre y el animal tras unos
pocos años: la muerte siega sin descanso. Pero pese a ello, como si no fuese
así en absoluto, todo está siempre en su sitio, como si todo fuera imperecedero.
Siempre reverdece y florece la planta, zumba el insecto, el animal y el
hombre se mantienen en una juventud a toda prueba, y cada verano volvemos
a tener delante las cerezas que ya hemos degustado mil veces. También los
pueblos están ahí como individuos inmortales, si bien de vez en cuando cambian
los nombres: incluso su conducta, trajín y sufrimiento es siempre el mismo,
aun cuando la historia pretenda siempre contar algo distinto: es ésta es
como el caleidoscopio, que a cada vuelta muestra una nueva configuración,
mientras tenemos ante los ojos siempre lo mismo.
Así pues, se impone irresistiblemente el pensamiento de
que este nacer y perecer no atañe a la auténtica esencia de las cosas,
sino que ésta no se ve afectada por ellos, o sea, es imperecedera, con
lo cual cada uno de los seres que quiere
existir perdura realmente y sigue ahí sin fin. Con arreglo a ello,
en cada momento dado todas las especies animales, desde el mosquito
al elefante, quedan reunidas por completo. Hasta la fecha se han renovado
muchos miles de veces y siguen siendo las mismas. No saben nada de otros
iguales suyos que han vivido antes o vivirán después: la especie es
lo que vive siempre y los individuos se regocijan en la consciencia
del carácter imperecedero de dicha especie y su identidad con ella. La voluntad de vivir se manifiesta
en un presente inacabable, porque
éste es la forma vital de la especie, la cual no envejece, sino que
siempre sigue siendo joven. La muerte es para es para ella lo que el
sueño para el individuo o el guiño para el ojo, siendo así que la ausencia
de párpados caracteriza a los dioses hindúes cuando aparecen con forma
humana. Tal como merced a la llegada de la noche desaparece el mundo
sin que por ello éste deje de existir ni un solo instante, merced a
la muerte el hombre y el animal perecen sólo en apariencia, mientras
su verdadera esencia perdura imperturbable. Al pensar esa alternancia
de muerte y nacimiento bajo la forma de vibraciones infinitamente rápidas,
uno tiene ante si la perseverante objetivación de la voluntad, las ideas
permanentes de la esencia, como el arco iris sobre la cascada. Eso es
la inmortalidad temporal. A consecuencia de ella no se pierde nada,
pese a milenios de muerte y de putrefacción, ni un átomo de materia
y aún menos algo de la esencia interna que se presenta como la naturaleza.
Por ello a cada instante podemos proclamar gozosos: «¡A pesar del tiempo,
la muerte y la putrefacción seguimos todos reunidos!».
