El sentido oculto
de la vida
Jorge
Ángel Livraga Rizzi
Conferencia dictada en octubre de 1987
Hay
algo que siempre ha preocupado a los filósofos: la vida y sus distintos
aspectos: si la vida continúa, si existe la muerte; qué es lo que sucede cuando
nos retiramos de este escenario del mundo...
Y hay algo que a mí personalmente me ha llamado mucho la atención, y es que en
el momento actual haya tantos millones de personas condenadas a muerte. Todos
hemos de morir.
A
veces pensamos, dadas las características un poco materialistas de este momento
histórico, que es mejor no reflexionar mucho sobre esto. Siempre creemos que
le va a tocar al otro; sin embargo, es obvio que lodos nosotros nacimos, vivimos
y hemos de morir.
Me
llama mucho la atención, como filósofo y como hombre, que no haya una
preocupación más profunda sobre qué es la vida y qué sentido tiene. Porque hay
cosas que nos afectan a unos sí y a otros no, como los problemas políticos,
económicos, pero hay un problema que es común y es el hecho de que todos vamos
a morir. Por eso me extraña, como filósofo y como hombre, que haya tantos
millones de personas que no se preocupen seriamente en preguntarse a sí mismos
y en preguntar a los grandes focos de Sabiduría de la Antigüedad y a los
grandes pensadores actuales qué significa esto y qué hay detrás de todo ello.
Hoy
sabemos que todas las cosas, de alguna manera están vivas. Antes se diferenciaba
a los seres orgánicos de los inorgánicos, y aún hoy, en Química, se sigue
hablando de Química orgánica e inorgánica. Así, si alguien nos pregunta, decimos
que un ser vivo es un perro, un gato, una persona, y una ventana o un
trozo de madera, no. ¿Por qué?
Las
investigaciones actuales, recogidas a través de los tiempos, nos enseñan que
la constitución de todas las cosas, de todos los seres, parte de elementos
comunes: químicos, relaciones físicas, térmicas, eléctricas, magnéticas, etc.
Sé que es muy difícil poder decir dónde está la vida y dónde no. A nosotros
tal vez nos parezca que si acariciamos a un gato, o le pegamos, y él ronronea
o grita, está vivo. Pero también cuando yo golpeo la madera hay un sonido...,
un sonido que surge de este viejo anillo etrusco que golpea y la madera; ese
sonido es la voz de la madera. Y si la fuésemos a doblar o a quebrar, esta
madera haría "crack", y ese "crack" es el grito de agonía
de un ser que muere. Desde un punto de vista filosófico, no podemos diferenciar
lo que está vivo y lo que no lo está.
Algo
que nos enseña la Filosofía Clásica es a no trabajar con absolutos: en este
mundo todo es relativo. Aquí no hay cosas absolutamente grandes ni absolutamente
pequeñas; no existe lo negro ni lo blanco, no existe nada que tenga características
absolutas. En el mundo manifestado todas las cosas son relativas. Yo os estoy
hablando, os estoy diciendo algunas palabras, y sin embargo hace quince minutos,
veinte, yo no os estaba hablando, y dentro de media hora ya no lo haré tampoco;
son simples funciones del momento que no hay que confundir con la esencia
de las cosas.
Una
cosa no es ni mala ni buena en sí, sino por el uso que se le da; un cuchillo,
por ejemplo, en manos de uno de esos navajeros y asaltantes que hay en las
calles, es un instrumento de muerte, de opresión, y sin embargo un cuchillo
en manos de un cirujano es un elemento de bien, de salvación. Entonces, ¿el
cuchillo es bueno o es malo? Eso es una relatividad. ¿Este estrado es grande
o es pequeño? Si lo comparamos con una hormiga es enorme, si lo comparamos
con la ciudad de Madrid es ínfimo. En el espacio no tendría ni tamaño ni edad.
Si nosotros comenzamos por considerar los problemas de la vida con este criterio,
es probable que lleguemos a conclusiones que tal vez no sean perfectas, pero
sí humanas, y que nos ayudarían a vivir. Y aquí está el primer problema que
se nos plantea: ¿qué es la Vida? Esas características que damos a los seres
vivos son propiedades de los seres vivos, pero no de la Vida en sí.
Platón
hace una diferenciación entre lo bello y las cosas bellas. Supongamos un jardín;
vemos una estatua, una persona, y decimos que ese jardín, esa estatua, esa
persona, son bellas. ¿Por qué? Porque participan de la esencia de lo bello.
Es decir que «lo bello» sería una Esencia, un Ser que está mas allá de todas
las manifestaciones, y que tan sólo se refleja en ellas, y a través de ellas
lo iríamos descubriendo, aunque, como la arena, se nos escapa de las manos,
y a medida que la apretamos se nos cae más.
Así,
entonces, podemos deducir que todo lo que nos rodea está vivo.
La Vida en sí, según los antiguos filósofos, se expresa como una actividad,
una banda de actividad; todo aquello que está dentro de esa banda, decimos
que está vivo, y aquello que no llega a esa banda de actividad, tendría una
vida diferente que a veces no podemos entender exactamente.
Si
es que existe Dios, si es que existen los Dioses, estarían vivos, mas estarían
vivos en otra dimensión, diferente a ésta en la que estamos nosotros. Estarían
en otro grado de conciencia y estarían también en otro orden del tiempo. El
tiempo también es muy relativo, para un pequeño insecto, tal vez, unas pocas
horas son toda su vida; para una estrella, nuestra existencia humana es un
instante. De allí también que las medidas del tiempo sean muy relativas. Y
dentro de estas relatividades tendríamos que encontrar el sentido oculto de
la Vida.
¿Qué es la Vida? ¿Para qué existe? Y más aún: ¿Qué nos permite la Vida? ¿Cómo
se manifiesta? Hay distintas doctrinas, distintas enseñanzas.
Hay
teorías materialistas que afirman que la Vida ha surgido por casualidad, que
el choque de determinados elementos que no tienen vida, al ponerse en contacto,
han producido la chispa de la Vida y que esa chispa se va perpetuando.
Desde
el punto de vista filosófico, evidentemente, esta teoría no es muy sólida,
porque... ¿qué mueve la casualidad? Podríamos responder que nada, pero...
¿es que nada puede mover algo? Es imposible. Toda cosa que se mueve necesita
un motor, algo que la esté moviendo, aunque sea un motor como el de Aristóteles,
que él concebía inmóvil en comparación a todas las cosas que se movían; porque
también las relaciones de velocidad son muy relativas.
Por otro lado, las creencias religiosas nos transmiten la idea de un Ser Cósmico,
superior, muchas veces personalizado, que infunde la Vida a sus criaturas.
Pero... ¿quién creó a ese Ser, Dios, Dioses o como lo queramos llamar? Es
muy difícil poder abarcar con nuestra mente ese conocimiento.
Hay una enseñanza que me dieron mis viejos Maestros, que creo nos viene bien
a todos: es imaginar que nuestra mente, nuestra mente concreta, no nuestra
mente más elevada, es una especie de taza o cucharilla; si sumergimos esa
cucharilla en un vaso de agua sacaremos un decímetro cúbico de agua, y si
la sumergimos en el Océano Pacífico sacaremos también un decímetro cúbico
de agua. O sea que el problema no está en dónde sumergimos nuestra pregunta
para obtener respuestas, sino en agrandar nuestro campo de conciencia para
poder recoger cada vez más, para poder captar más y más; y eso es un trabajo
individual.
La
Filosofía Acropolitana propone un crecimiento individual, independientemente
de que nos podamos asociar para estar juntos, para conversar, para realizar
una obra científica, literaria o, como estamos haciendo ahora, para escuchar
una charla casi informal vestida de conferencia. Pero más allá de todo eso
está la búsqueda y el encuentro de cada uno de vosotros con vosotros mismos
y con vuestros problemas.
Sólo los encuentros individuales os darán la seguridad interior que necesitáis;
todo lo demás, de una forma u otra, son creencias, y no me refiero sólo al
aspecto religioso.
Los
materialistas se burlan de la existencia de los Espíritus de la Naturaleza,
o los Ángeles, o los Dioses. ¿Y cuál es su argumento?: que nunca los han visto.
Ante ello, la respuesta filosófica es muy simple: ¿ha visto usted alguna vez
un átomo?, ¿usted alguna vez midió la distancia de la Tierra a la Luna?, ¿usted
alguna vez visitó Japón? Así también puedo poner en duda la existencia de
los átomos, la distancia de la Tierra a la Luna o la realidad de Japón.
Por
lo general, salvo excepciones, ninguno de nosotros ha hecho una experiencia
personal y directa sobre el asunto. Simplemente lo creemos, lo aceptamos,
como aceptamos la existencia de Troya. Entonces no es tan difícil aceptar
como hipótesis de trabajo la existencia de Seres Inteligentes, aunque invisibles,
que están de alguna forma manejando la Vida, aunque no los veamos.
Tampoco
un hombre de la época carolingia veía los microbios ni clase alguna de
bacterias; sin embargo, en dicha época había pestes que recorrían Europa, y
existían, aunque no se los viese. Tal vez existan Seres que impulsan o manejan
la Fuerza de la Vida aunque nosotros no los percibamos directamente sino a
través de sus efectos, ya que, por lo general, todo lo vemos a través de los
efectos. Si yo ahora suelto el micrófono, éste caería. ¿Y con eso habrían
ustedes visto la “ley de la gravedad”? No, ustedes habrían visto un micrófono
que cae, nada más. La masa de la Tierra, mucho más grande que la masa del
micrófono, ha hecho que éste caiga. Hemos visto el efecto de una ley natural,
pero no hemos visto la ley en sí.
Lo
que nosotros vemos de la Vida son manifestaciones externas. Siguiendo en esta
línea de pensamiento, ¿quién nos asegura entonces que no hemos existido antes
de estar aquí, en este plano, que no seguiremos existiendo cuando no estemos
aquí? Desde el punto de vista lógico, desde el punto de vista filosófico,
no podríamos negar de ninguna manera la existencia de una Vida continua, de
un flujo en constante manifestación.
Alguno
puede pensar que todo esto tiene una duración limitada, la suma de miles y
miles de años. Tal vez, pero para nosotros eso es una eternidad. Como cuando
los viejos libros orientales nos hablan de los Manvántaras, y Pralayas: para
nosotros son eternidades aunque tengan un número presupuesto, real o no, de
años de duración.
Los
antiguos pensaban que todas las cosas manifestadas estaban dentro de un gran
Macrobios, de un inmenso Ser vivo. Los hindúes lo llaman Brahma, que se despierta
y que duerme, que se despierta y que duerme... La misma historia existe en
Occidente en cuanto al Rey del Mundo, que también despierta en un período
y duerme en otro. Por lo visto existe algo continuo que nosotros vemos como
discontinuo porque fijamos la atención en un punto o en otro.
De
ahí que los antiguos filósofos dijeran que todo este Universo no es una casualidad,
sino que es como un inmenso Ser Vivo. También los platónicos y los neoplatónicos
nos hablaron de este inmenso Ser Vivo, del que forma parte el Universo, el
cual haría las veces, desde el punto de vista físico, de los órganos, tejidos
o células, comparándolo con nuestro cuerpo. Así también, en el Universo, las
galaxias, los soles, los planetas, no serían nada más que partes vitales de
ese gran Ser que está en marcha, que viene de alguna parte y va hacia alguna
parte.
Si
nos despojásemos de nuestros prejuicios veríamos que todas las cosas están
en marcha. Yo he recorrido los desiertos de Egipto, y otros lugares donde
perduran esas construcciones de hace miles y miles de años, imponentes. Cuando
uno se va acercando, desde lejos parece que todavía estuviesen vivas, que
aun van a salir los sacerdotes desde dentro a saludarnos, que los abanicos
de Amón se van a abrir de nuevo; pero a medida que nos acercamos, vemos que
todo es arena, que las piedras están rajadas, las columnas apoyadas unas sobre
otras para que no se caigan... Ese viejo Templo está vivo, ha nacido alguna
vez cuando cortaron las piedras, crearon las columnas y forjaron sus tallas:
es el Templo de Karnak, tal vez el templo más grande del mundo. Ese Templo
fue pensado, primero, en base a una necesidad teológica, política, social
-como queráis-; se encargó a determinados especialistas que buscaron las piedras
más aptas para poder construirlo; se hizo una delimitación del suelo sobre
el cual se asentaría, que tenía que reflejar una limitación celeste para que
hubiese una concordancia entre los astros y los símbolos terrestres y para
que el Templo fuese un puente entre el Cielo y la Tierra. Se efectuó un estudio
astronómico-astrológico.
Ese
gran Templo, al cual se le fueron agregando detalles y más detalles, hasta
época ramésida y post-ramésida, se utilizó durante mucho tiempo, pero poco a
poco dio señales de desgaste y se fue abandonando, se fue rompiendo,
destruyendo.
El
Universo, de alguna forma, ya sea según las modernas teorías del Big Bang, o
las antiguas teorías religiosas que afirmaban que había salido de una parte
del rostro de Brahma o había sido creado por determinado Dios, alguna vez tuvo
comienzo. El Universo está en marcha.
Los
antiguos pensaban -y los filósofos podemos corroborarlo con nuestro pensamiento-
que aquello que los hindúes llamaban Sadhana, el sentido de la vida, existe,
porque está presente en todos los seres vivos.
Siempre trato de que mis discípulos observen el fuego y el agua: si vertemos
un poco de agua en cualquier sitio, ese agua empezará a caer, o bien a desplazarse,
a marchar; tiene una sabiduría, está buscando algo, va hacia algún lugar,
y marcha, marcha sin detenerse; y cuando no puede marchar en línea recta,
se desvía, hace meandros, rodea las piedras y las montañas hasta llegar inexorablemente
al mar. ¿Y qué pasa cuando llega al mar? El calor evapora el agua y se forman
nubes; esas nubes flotan en el aire hasta que, en determinado momento, caen
convertidas en lluvia. Y otra vez es agua, y cuando cae al suelo busca de
nuevo llegar al mar. Y si el agua tiene esa sabiduría de poder vivir, buscar,
encontrar, sublimarse, volver otra vez por más experiencias y culminar ese
ciclo, ¿por qué nosotros no hemos de responder a la misma ley de la Vida?
Si incluso nuestro cuerpo está hecho en gran parte de agua, ¿por qué no buscará
también el mismo fin, y por qué nuestra alma no irá, como dice Plotino, al
Alma del Mundo, a algún plano, en alguna vibración donde esté más cómoda que
aquí?
¿No
será similar esto de encarnar y desencarnar, de nacer y morir? Cuando nacemos,
hay como una nube que de alguna manera condensa nuestras almas en gotitas;
cada uno somos una gota, y esas gotas se reúnen, caminan, lodos juntos formamos
sociedad, nos unimos, formamos grupos, hasta que llega el momento en que desembocamos
en ese mar donde "aparentemente" nos disolvemos. Y tal vez haya
una Fuerza cósmica que nos eleve otra vez, que nos convierta de nuevo en aquellos
espíritus que descienden sobre la Tierra.
Lo que expongo es una posibilidad lógica, aunque en la Antigüedad era considerada
una verdad irrebatible. Hay una muy vieja hipótesis que afirma que todo esto
tiene una razón, porque si no fuese así, ¿no pensáis que la Vida sería de
una crueldad inmensa? Estaríamos en medio de una verdadera locura. Imaginad:
nos ponen en el escenario del mundo, en España, en Tanzania o en cualquier
lugar en que hayamos nacido; aparecemos, somos niñitos, nos dicen éstos son
mamá, papá, tío, abuelita; nos llevan al colegio, estudiamos, vivimos, amamos,
odiamos, tenemos problemas y cuando aprendemos a vivir, la misma mano que
nos trajo, nos empieza a sacar de la vida. Cuando tenemos más experiencia,
cuando realmente podríamos manejar las cosas, entonces nos quitan y nos vamos.
Si
todo esto no tuviese un sentido, si no tuviese una continuidad, este mundo
estaría loco.
Observemos
una planta, la más normal, cualquiera que tengáis en vuestras casas y veréis
la inmensa inteligencia con que fue diseñada. Hoy se habla de los paneles
térmicos para aprovechar la luz solar, sí, pero desde el período pre-carbonífero
ya había paneles térmicos para aprovechar la luz solar: eran las hojas de
las plantas. Las hojas de las plantas aprovecharon la luz solar para la fotosíntesis;
además, a través del sistema de capilaridad (descubierto por los físicos hace
pocos cientos de años), las plantas pueden lograr que sus jugos vitales vayan
desde las raíces hasta las hojas, se renueven y bajen de nuevo hasta las raíces;
o sea, que lodo está tremendamente, magníficamente pensado. Detengámonos ahora
en un animal, por ejemplo una pantera o un tigre. ¿Por qué el tigre tiene
rayas, por qué la pantera en Brasil tiene manchas?
El
tigre tiene rayas porque vive entre los bambúes y configuran un camuflaje
que hace que no se le vea prácticamente. La pantera de Brasil tiene manchas
porque vive en una selva donde hay flores, hay hojas, y esas llores y hojas
de distintos colores oscuros y dorados, hacen que ella se confunda también
dentro de ese panorama.
Todo
esto quiere decir que hay otras inteligencias que las nuestras que están pensando,
o han pensado, los Arquetipos que rigen a las plantas y a los animales. ¿Y
qué me decís, por ejemplo, de los minerales? ¿Habéis visto las rocas, las
piedras, los cristales, habéis visto de qué manera están perfectamente diseñados,
mejor tal vez, que la Gran Pirámide? ¿Y cómo es que la Naturaleza, con una
sola sustancia, el carbono, ha podido crear el confuso grafito y e! transparente
diamante? Eso demuestra que hay un pensamiento a través de toda la Naturaleza
que nos rige, que todo está perfectamente pensado.
Aquel
o Aquello que ideó las curiosas tracciones que permiten moverse a las amebas,
que los pájaros tengan los huesos huecos para ser más livianos y poder volar,
que diseñó las escamas de los peces para que puedan penetrar más fácilmente
en el agua, que les dotó de una vejiga natatoria para subir y bajar como los
modernos submarinos; aquel que ha pensado todo eso, ¿por qué no habría de
haber pensado no sólo nuestra constitución física, sino también nuestra constitución
psicológica, mental y, ultérrimamente, nuestra finalidad?
¿Por
qué creer que esta Inteligencia Cósmica se ha preocupado por las plantas,
los animales, los minerales y no se ha preocupado por los hombres, si nosotros
también somos seres vivos? La Vida existe y está pensada por Alguien, por
Algo, está perfectamente calculada. ¿Por qué? ¿Para qué se ha utilizado tanto
y con tanta intensidad el Pensamiento en dar a todas las cosas esta armonía
maravillosa? Tiene que ser para algo. Nadie hace un puente si nadie va a caminar
encima. Nadie hace un barco si nadie va a navegar en él. Nadie hace una silla
si nadie se va a sentar en ella. Es evidente que nuestra construcción orgánica
y la construcción orgánica de la Naturaleza, están hechas para algo, para
ser aprovechadas por algo que va a durar más que el objeto en sí, algo que
va a poder utilizarlas. Y a "aquello" que va a utilizarlas, nosotros
los filósofos, le llamamos Alma, el Espíritu que pasa a través de las cosas.
Es
evidente que inmersos como estamos en esta cárcel de carne, en nuestros problemas
económicos, familiares, vitales, es muy difícil a veces reflexionar sobre
estas cuestiones. Yo recuerdo un trozo del libro de Ovidio Nasón, El arte
de amar, que me impresionó mucho la primera vez que lo leí. Ovidio era, como
sabéis, uno de los grandes poetas de la época del Emperador Augusto y, digamos
que era un poco -en España creo que se diría así- juerguista; le gustaba salir
con mujeres por la noche, beber, acostarse muy tarde (o mejor dicho, muy temprano,
cuando ya había salido el sol)... Pero, claro, además de ser así, era Ovidio.
El nos cuenta, entre otras muchas cosas, lo que le pasó con una de sus amadas
a quién le inventó un nombre (en aquella vieja época existía el honor de no
mencionar los nombres de las damas, sino inventarlos; una buena costumbre).
La llamaba Corina; no sabemos quien era. Dice Ovidio que llegó en una ocasión
al palacio de Corina, una dama de la alta sociedad romana que poseía tesoros
preciosos, entre ellos, un papagayo llegado tal vez de las Indias que sabía
hablar. El papagayo repetía todo lo que ella le decía, contestaba, hablaba
con ella, era una gran compañía. Ovidio llega y ve a Corina llorando mientras
sostiene el papagayo aparentemente muerto. El papagayo está caído sobre sus
manos y Corina llora. Ovidio le pregunta: Corina ¿por qué lloras? Y ella respondió:
¿Te acuerdas de este papagayo que hablaba con nosotros, que repetía nuestras
palabras de amor, nuestros cantos, que era una maravillosa joya, verde como
una esmeralda? Hoy es un montón de plumas, nada más. ¿Dónde está el papagayo?
¿Qué pasa? ¿Por qué terminan las cosas? Ovidio trata de consolarla, de iniciarla
en cosas que Corina no sabe, y le dice: Has de saber, Corina, que hay un cielo
donde están los hombres y también hay un cielo para los animales. Hay una
pequeña banda entre el cielo de los hombres y el de los animales en donde
están los animales superiores, aquellos que incluso pueden hablar al hombre
y repetir sus palabras y allí consuelan a esos animales recordándoles la voz
de sus amos; luego vuelven otra vez a la Tierra a acompañar a los hombres.
Corina llora y dice: No, a mí no me cuentes esto; aquí hay simplemente un
montón de plumas verdes, ya no está más mi papagayo, ya no vive más. Y entonces,
el papagayo, en el, último esfuerzo antes de morir, levanta su pequeña cabeza,
mira a Cerina y le dice: Corina, Corina, la muerte no existe.
Es
muy bello encontrar estos viejos ejemplos. Es muy bello pensar que a veces
los animales, las plantas y los árboles mueren en paz, porque tienen un conocimiento
que nosotros hemos perdido al haber intelectualizado demasiado la vida. Hemos
perdido el conocimiento de nuestra propia eternidad, hemos perdido el conocimiento
de nuestra vida interior, hemos perdido el conocimiento de nuestra Alma inmortal.
Hoy
tenemos que retomar ese conocimiento, porque en el fondo y a pesar de todos
nuestros avances tecnológicos, a veces estamos tristes; y a pesar de vivir
en megalópolis, estar entre las gentes, poder conversar y leer periódicos,
ver la televisión o escuchar la radio, a veces nos sentimos muy solos, enormemente
solos. A veces querríamos que alguien nos dijese alguna cosa, como ese papagayo,
que la muerte no existe, que esta Vida tiene un sentido, que tiene una direccionalidad;
y es evidente que la tiene.
Si
vosotros veis una flecha en el aire, ¿no pensaríais que surgió de un arco
y que va hacia un blanco? Lo que nosotros estamos viendo en la Vida es una
flecha en el aire, y esa flecha fue lanzada por un Divino Arquero. Alguna
vez, con un sonido inconcebible, fuimos lanzados a través del tiempo y del
espacio, pero vamos hacia un blanco, vamos a llegar a algún lugar. Toda nuestra
Vida tiene sentido, tienen sentido nuestras alegrías porque nos confortan
para seguir viviendo, y tienen sentido también nuestros pesares y nuestras
lágrimas porque nos permiten recoger experiencias, nos hacen un poco más sabios,
tal vez, hasta un poco más buenos.
Quienes
hayan compartido risas, saben qué bueno es eso para el entusiasmo y quienes
hayan compartido lágrimas saben qué bueno es eso para la unión de las almas.
Porque en esta Vida y en esta Naturaleza nada hay realmente malo, todo es bueno
en el seno de su Oculto Sentido.