Propiedades
del triste
I
Hay por lo menos dos acepciones del triste. Una que lo da como
abatido, hace de él un derrotado a manos de su pesar. La otra, en cambio, no
lo reduce al motivo de su desdicha. Sin dejar de consignarlo como un alma en
la que el dolor ha impreso su huella, esta segunda acepción decreta que el
triste, a diferencia del melancólico, no ha sido aniquilado por su pena.
Digamos, pues, que si bien se trata de n
náufrago, no se trata ya de un ahogado.
La del triste, en el sentido en que me
importa, no es una vida ofrendada al bien perdido. No sería un triste, sin
embargo, si no perdurara en él la estela de esa luz que se apagó. Más aún: si
ella no infundiera a su voz, a su gesto, a su mirada, un matiz determinante. El
triste es triste porque aquello que le falta —ya sea porque nunca lo tuvo o bien porque
lo perdió— también lo constituye.
Carga el triste con su pena como el manco
con su falta. Imposible concebirlo sin ella. Y es que por más que una y otra
difieran, es un hecho que ellas viven en fecunda consonancia. El caso que
importa aquí, justamente, es el de ese roce propio que sin confundirlas las
hermana.
Aventuro un paso más: a diferencia de la
melancolía que arrasa, creo que la tristeza muchas veces fortalece y adecenta.
Quien se muestra trabajado por ella ha resuelto darse a ver en su claroscuro.
Eso no significa que ande sediento de confidencia y consuelo ni empeñado en
opacar las alegrías a las que, de tanto en tanto, accede. En todo caso, al
triste no lo urge la confesión sino la afinidad. Sus almas gemelas son almas
tocadas por penas similares a la suya, penas a las que han sabido rehacer,
transfigurándolas en obra o emprendimiento y sobre las que, literalmente, ya no
necesitan volver. Es la huella decantada de un llanto lo que el triste cabal
ofrece, no ese llanto como tal. Y acaso por eso acierta el hondo Fernando
Ulloa al llamar «meditada y húmeda» a la tristeza.
II
El triste a cuyo lado mejor me siento es
sobrio en sus modales y lento en el decir, como si, vacilando, se sincerara.
El suyo suele ser un medio tono, el que tiende más bien a serbajo. Como si
buscara, en la cautela de lo que es poco menos que un susurro, algún amparo que
lo resguarde de la tentación de pasar por uno que está indemne en su saber. Lejos
de eso, bien se ve que la suya es lentitud de renacido, del que emerge de la
ciénaga que se traga las certidumbres.
El hombre que ha podido volver de la
ceniza trae en su voz la aspereza del silencio que casi lo consumió. Y si me
agrada el efecto de esa íntima tristeza sobre la modulación de las palabras es
porque promueve una cercanía que casi no demanda sustento conceptual. Al igual
que los caballeros de la fe, a los que Sóren Kierkegaard
alude, los tristes
cabales más que oírse, se olfatean, más que buscarse se encuentran, y al
escucharse confirman lo que ya al verse supieron.
Somos también lo que resta de la certeza
de contar con una identidad que alguna vez pareció estar, si no en nuestras
manos, al menos a nuestro alcance y sin embargo no pudimos atrapar. Ese
residuo tenaz, que en su forma más discernible se impone como insolvencia para saber con
plenitud de nosotros mismos, es la fuente sustancial de la tristeza que palpita
en una vida lograda. Pues sólo en una vida lograda ese residuo intransigente
resulta realmente diáfano como enigma irreductible de toda identidad. Es decir
que cuando mejor se lo discierne es cuando menos mentida y trunca está esa
vida. Sólo una vida de veras lograda conoce la radicalidad de los grandes
fracasos, esos que no resultan de lo que nos pasa sino de lo que
irremediablemente somos.
La tristeza es mansa, suave, se insinúa.
No irrumpe jamás con violencia ni florece en la desesperación. No clama ni estalla.
Se filtra, gotea, es levedad. La tristeza es ese dejo de profunda y serena
incomprensión o insuficiencia que corona todo saber, todo hacer, todo creer.
En este sentido, la tristeza es la metáfora extrema con la que se triunfa sobre
una literalidad extenuante. ¿Cómo no reconocerla en esa formidable
caracterización que el maestro Alberto Caeiro le brinda a Alvaro de Campos?
Éste le ha preguntado si está contento consigo mismo y Caeiro le responde:
«No, estoy contento».1
Es que la tristeza cabal corona la faena
de autodiscernimiento cumplida sobre la propia existencia. Si concibo la
tristeza como atributo eminente de la lucidez es porque complementa la
penetración que distingue a las ideas inspiradas con la conciencia radical de
que toda interpretación, siendo indispensable, es a la vez totalmente
provisional, fruto de coyunturas que sin cesar se suceden o modifican. La
búsqueda incansable del matiz en el arte de la reflexión, no responde sino a
ese desesperado afán de retrasar al máximo el encuentro con la insuficiencia
insuperable. Y al influjo de ese matiz sólo se abre el alma herida por el tajo
de una gran pérdida a la que, no obstante, ha sido capaz de sobrevivir y que
no es, necesariamente, la de alguien o la de algo sino la de no poder ser
inequívoco.
La tristeza es ese levísimo barniz de
humor que nos acompaña aun en la expresión de lo que con mayor seriedad
decimos; el indicio candente de un fracaso insoslayable que opera como
advertencia y freno al borde de la pendiente de los excesos y la fascinación
por lo rotundo. Nada nos cura mejor del amor propio y la jactancia que el
reencuentro periódico con las raíces nunca marchitas de esa tristeza que con
tanta nitidez deja su impronta en nuestra voz y en nuestros ojos, en los gestos
y hasta en el paso. Y que se anuncia en casi todo lo que somos, cuando de veras
hemos aprendido a reconocer la imponderabilidad final que encierra el hecho de
ser uno por una única vez.
La tristeza es un ministerio de recato y
de prudencia duramente aprendidos. Una convalecencia no reñida con la buena
salud.
Hay, claro que sí, algo de estoico en el
triste. Sobre todo si al estoico se lo entiende como aquel que ha aprendido a
ser ecuánime con el dolor, a tratar con él sin dejarse consumir por el
padecimiento.
Leopardi, Modigliani, Dvorak en sus
quintetos i y 97, Satie, Caproni y Pessoa, figuran, junto a Emile Cioran, entre mis
tristes dilectos. Veo en ellos a grandes baquianos del mutismo que sumerge al
corazón cuando se vive una gran congoja. Creo advertir tristeza en casi todos
los pronunciamientos filosóficos y políticos de Camus. Es decir que reconozco
en ellos una fortaleza ética no reñida con el sentimiento de lo trágico, tenaz
y desesperanzada a la vez. Algo similar se advierte en la prosa de Claudio
Magris.
«El hombre es una voluntad de forma»,2
señala Víctor Massuh dando a entender que el caos es la inagotable materia
prima de su incesante configuración.
La vitalidad de mi tristeza aflora con
frecuencia frente a mi ventana, mientras contemplo extasiado los fugaces atardeceres
de junio; en las primeras mañanas del invierno, dejándome ir temprano por las
calles semidesiertas, embriagado por esa mínima promesa de luz con que
despierta el día o al presentir la secreta raíz del impulso que me dicta, al
escribir, ciertas palabras y no otras.
A ser un triste se llega obrando sobre un hondo desconsuelo. Poco
importa cuál. Transfigurado por el triste cabal, ese desconsuelo pasará a ser
un modo ganado de andar por el mundo. Nadie, no obstante, que de veras aspire a
hablar puede darse por expresado. Y no por falta de palabras sino de materia
expresable. Sólo podemos sugerir, esbozar, insinuar a medias una identidad que
no termina de ser tal y por eso no ingresa de lleno en la enunciación. No nos
falta saber del objeto sino objeto a secas sobre el cual llegar a saber. Y el
triste es triste también porque lo sabe. Como sabe que nadie, al callar, puede
darse por liberado del pesar que genera lo indecible. Es que en el triste
perdura, como bien me ha dicho Isidoro Vegh, «una sensibilidad del primer
destierro».
Ill
Entre todos los seres vivos que podemos
reconocer, sólo el hombre, hasta donde lo sé, es capaz de contemplar. Contemplar
es, a mi entender, la actividad preeminente del triste. El triste, que tantas
veces parece ausente, en verdad no lo está. Está, eso sí, abstraído, modelado
por una ausencia desde el trato con la cual se pronuncia. Es que el triste, en
lo que tiene de esencial, es un contemplativo. Quien contempla presta otra cosa
que atención a lo que ve. Más bien se entrega a la errancia de un ver
descentrado y sin meta cuya única intención es ese dejarse vagar por la
abundancia de lo que se le ofrece reconfigurándose, sustrayéndose una y otra
vez al inventario de lo clasificable.
Justamente, al no empeñarnos en imponer
un significado preciso a aquello que, de tanto en tanto, se nos brinda a
condición de no pretender atraparlo en un sentido —el mar, los cielos, el desierto, la noche
estrellada, el dorso resplandeciente de una hoja otoñal, nuestro propio rostro
en el espejo—, al sostenernos en esa imposibilidad de discernimiento conceptual
pleno que acompaña lo que no obstante aprehendemos, entonces contemplamos, nos
templamos al calor de lo que sólo se deja frecuentar si no cedemos al afán
clasificatorio, si, al menos por un momento, no caemos en la tentación de
colonizar semánticamente lo que se nos brinda. «Lo abierto» ha llamado Rilke a
cuanto incidiendo sobre el hombre, excede la significación que éste pueda
imponerle. Mira quien observa pero quien contempla responde con la suya a la
presencia de lo anónimo que insiste en hacerse patente allí donde somos capaces
de entregarnos al trato con lo inconcebible, a la errancia semántica que ese
trato implica. Es que quien contempla se deja ir. La emoción que entonces
embarga al contemplativo, la conmoción que entonces tiene lugar, dan sustento a
los posibles menesteres del triste. Algo hará el triste a su turno con aquello
que antes pudo con él acallándolo. Y tanto en lo hecho como en su modo de
hacer, se advertirá la traza del vacilante, el roce con lo indecible del que
proviene, y que vulneró tanto su sentimiento habitual de identidad como el
significado que convencionalmente atribuyó a las cosas. A esas cosas, que de
pronto se liberan, se dislocan y asombrándonos por la fuerza con que se
insubordinan al trato familiar, nos interpelan con una intensidad desconocida.
Triste es aquel que no olvida ni quiere
olvidar la certidumbre de que nada le habla más íntimamente de su propia
imponderabilidad que esa exposición a la luz radical de lo anónimo, que esa
presencia indesignable que atraviesa la suya y a la que con frecuencia el
hombre intenta inscribir de algún modo en un nombre que acote y revele a la
vez su desmesura: aurora, dolor, tierra, océano, horizonte; semblante del que
acaba de morir, ocaso, rostro del recién nacido, voz amada o los nombres de
Dios.
Todas éstas pueden llegar a ser, entre
tantas y tantas otras, expresiones de lo que Karl Jaspers designa como «lo incondicionado»,
temblorosas configuraciones de lo inviable en términos de medida y de contorno,
presencias que con su intensidad remiten a lo que desborda el lenguaje.
Desde esta desmesura sólo soportable en
el hechizo de la contemplación, de la cual la poesía siempre es fuente y fruto
simultáneo, pareciera provenir un indicio de la verdad de nuestro propio ser
que nos entristece, es decir que nos afecta mediante la exhibición de nuestra
irremediable impotencia para sobrellevar nuestra finitud sin padecerla.
Al contemplar, la producción de
significados de pronto cesa, se detiene y cede protagonismo a la abstracción.
Contemplar es saberse aspirado, inspirado; es estar abstraído, absorto,
cautivo, en el paradójico reconocimiento de lo desconocido, de algo que no es
algo y que por eso, por no pertenecer a la estirpe de las cosas, nos roza y nos
embarga sin dejarse decir.
¿Qué discernimos al no comprender esa imponderabilidad con la que no
pueden los ojos ni el entendimiento y a la que sin embargo nuestra sensibilidad
accede? Triste es, en ese caso, quien, tras haberse visto sumergido en semejante
conmoción, logra tomar la palabra dejando ver, en cuanto dice, la huella de la
desmesura que ha soportado.
IV
El del triste es, pues, un estatuto posterior al del perdedor.
Posterior y superador. Al infundir a su pena rango sublimatorio, el triste
puede perfilarse como un sujeto que sufre y no verse reducido al dolor que lo
consume. Pero si bien no consiste en su abismo, tampoco, sin ese abismo, puede
consistir. Carga con sus muertos, no los abandona, y ello prueba que ha
sobrevivido. El melancólico, en cambio, perdedor por excelencia, sólo se deja
ver como expresión de los muertos que lo abruman y con los que, por eso mismo,
no logra cargar. Mientras el melancólico brilla por su ausencia como persona,
en el triste la ausencia resplandece bajo la forma innovadora de una
recreación. Y ésta es, curiosamente, su alegría. La alegría de superar la
inmovilidad que busca imponerle su pena. El destino ulterior que a ella sabe
infundirle constituye la materia de su módico entusiasmo, la expresión de su
contento. De su singular contento de alquimista.
Santiago Kovladoff – El enigma del sufrimiento – Emecé
Editores