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“Renacer
es para todos, no todos son para Renacer.” Este concepto, “Renacer es para todos,
no todos son para Renacer”, tantas veces expresado y repetido una vez
más en Huerta Grande 2008, da pie a una reflexión individual para quienes
estamos en Renacer, tratando de respondernos la pregunta ¿por qué estoy
en Renacer? Puede ser producto de una intuición
en cuyo caso, no es necesario que nos hagamos la pregunta, pues la respuesta
puede resultar inexpresable, en el sentido dado a la intuición por el
filósofo Bergson para quien "intuición es la empatía
a través de la cual nos transportamos dentro de los más íntimo del otro
para coincidir con lo que es único y por lo tanto inexpresable."
“Hay estados interiores para los que no
existen las palabras”, dijo Alicia en Huerta Grande 2008. También puede ser
tan inexpresable como lo es “la esperanza” en los términos descritos
por Alicia Berti en Renacer Congreso, Montevideo 2006, cuando dijo:
“Sentir esperanza, no es negar que las
cosas sean como “parecen ser”, simplemente es afirmar que en ese ´parecer
ser´ no se agota todo lo que esas cosas son.”. por
eso puede afirmar categóricamente en Huerta Grande 2008: “Yo estaba
convencida que Nicolás no podía irse de nuestra vida y dejarnos como
su legado solamente dolor”. O producto de la fe, sin aferrarse
a la actitud “ver para creer” de Santo Tomás, como lo dijo Susana en
Huerta Grande 2008: “Yo me manejaba antes, con “si no lo veo no lo creo”,
era una frase que a veces me repetía, tenía que ver para creer, y ahora,
viendo el trabajo que se hizo en estos veinte años ¡cuánto hubo que
creer para que hoy podamos ver esta realidad!” “Lo que motiva a las personas a ingresar
a un grupo de ayuda mutua es el deseo de que las cosas no sigan siendo
como son, el anhelo de cambio, no de un cambio material sino de una
transformación interior, un anhelo de crecimiento interior.”, dice Alicia
y Gustavo Berti. También puede ser obra de una serie
de circunstancias concatenadas entre sí, por las que se dé como resultado,
encontrar en Renacer aquello que estábamos buscando. En todos estos casos es muy importante
el concepto de
los grados de significación, de acuerdo con los cuales una cosa dada
puede tener diferente significado o
grados de importancia,
para diferentes personas, dependiendo no sólo del nivel cultural, social
o intelectual, sino, por sobre todo, del estado de conciencia a través
del cual el acto de percepción se lleva a cabo fe, esperanza, intuición,
búsqueda etc. Dice Gustavo Berti que esto tiene
extrema importancia en los grupos Renacer, en los cuales los padres
entran con una crisis existencial tan abrupta y violenta, con estados
de conciencia tan alterados y confusos que dificultan aún el “simple
vivir” en la realidad cotidiana, la que parece tan lejana y ajena, como
si estuviese siendo observada desde afuera en una perspectiva atemporal. Lo confirma Alicia Berti cuando expresa,
dirigiéndose a los padres nuevos: “es natural estar triste ¿verdad?
es natural llorar un poquito, extrañarlo, pero no esa desesperación,
no ese desasosiego interior que no puedo estar ni conmigo mismo ni dentro
de mi misma”. Se hace entonces evidente que el
grupo tiene diferente significado para aquellos padres que llegan en
estados de conciencia alterados, que para los que han alcanzado algún
grado de paz interior. Pese a las dificultades señaladas
queremos aventurar nuestra reflexión sobre ¿Por
qué estamos en Renacer?, aceptando el concepto vertido por Gustavo
Berti en huerta Grande 2008 al decir: “tenemos la posibilidad de elegir
lo que queremos ser, y eso no solamente es un
desafío, sino que es una aventura, como Renacer fue una aventura”. Estamos en el crepúsculo de nuestras vidas, lo cual
nos agrega el compromiso de aceptar el desafío, como también la aventura,
de hacer partícipe de nuestras reflexiones a quienes puedan interesarles. Nuestra
experiencia Poco tiempo antes de la partida de
nuestro hijo Enriquito, quien se fue por su propia decisión, luego de padecer durante nueve años una enfermedad psíquica,
él había tomado contacto con una filosofía de origen oriental, que propicia
un estado de meditación mediante un “mantra”. Luego de su partida, pusimos nuestra
atención en el enigma de ese “mantra” y lo tomamos como un legado a
descubrir. La búsqueda nos llevó a la lectura
de los libros del filósofo japonés Daisaku Ikeda, entre otros: “ Allí,
oculto bajo el manto de misterio que rodea al pensamiento oriental
y envueltos en la bruma del simbolismo y revestidos de un halo mágico, yacente en lo más profundo del
conocimiento humano, descubrimos los principios de una forma de vida
destinada a iluminar las conciencias. El
camino propuesto para llegar a la verdad, es vivir en un estado predominante
de altruismo donde lo más importante es el otro. La
profundidad y pragmatismo del altruismo de esta filosofía, expresado
hace más de 3.000 años, quedó evidenciado para nosotros al proclamar
la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer, como seres espirituales
eternos, contenidos en un cuerpo temporal. A
continuación transcribimos algunos de los conceptos vertidos en sus
libros por el filósofo Daisaku Ikeda sobre la importancia de alcanzar
el estado predominante de altruismo en nuestras vidas “El ser humano se encuentra en estado
de altruismo cuando sus mejores cualidades sabiduría, determinación,
amor y coraje, se funden con
la energía de la fuerza de la compasión para hacer el bien a otros. Al decir "fuerza de la compasión"
me refiero a una potente energía que fluye de lo más hondo de la vida
humana. El modo en que las personas comunes
pueden lograr la meta última, es cultivarse por medio de actos altruistas,
con lo que la energía de la compasión brota de las fuentes más íntimas
de la vida. A fin de compartir el dolor ajeno,
es preciso experimentarlo en carne propia. La compasión es un tipo especial
de conocimiento, que implica identificarse con el estado fundamental
de la vida de otro. La gran compasión es como la empatía de una madre por su hijo.
Tal vez la similitud más
importante entre la compasión y el amor materno consiste en que ambos
son totalmente incondicionales. El verdadero amor materno carece de egoísmo: nada, ni si quiera
la vida de la misma madre, puede interponerse en el desarrollo o la
felicidad del hijo; hay una empatía casi perfecta. Todos nacemos con una tendencia a la compasión, aunque rara vez nos damos cuenta
de ello hasta que se presenta
una ocasión especial. El
yo, demasiado propenso al egoísmo,
poco a poco asume un carácter más altruista, crece en sabiduría, criterio
y conciencia; sus deseos espirituales se tornan más fuertes. Mientras uno se atrinchera en el egoísmo,
no habrá forma de encontrar la felicidad, sin embargo, cuando uno rompe
su propio cascarón y sale a actuar en bien de los demás, su vida se
renueva con vibrante vitalidad. En el caso del ser altruista, la lucha por ayudar a otros es,
en sí, un ataque frontal al yo egoísta. La energía vital fundamental fluye bajo la forma de sabiduría
y compasión. En el estado de altruismo, toda la vida es sustentada por la
fuerza de la compasión. El altruismo es el medio más efectivo de autorrealización y
perfeccionamiento. Hacer el bien es el mejor modo de mejorar el propio carácter
y encontrar una mayor felicidad. A fin de aliviar el sufrimiento de otra persona, uno debe identificarse
con ella y compartir su sufrimiento, es un caso de identificación con
el estado fundamental de la vida de otro. Esta misma identificación es el modo de practicar la compasión,
y el acto de aliviar los sufrimientos ajenos y brindarles felicidad
lleva a la perfección del ser. El ser altruista se
sumerge entre sus prójimos y trata de tomar sobre sí el sufrimiento
y la tristeza de todos, es capaz de pensar profundamente y goza de una
penetración segura, pero eso va inseparablemente unido a la acción práctica.
Al ayudar a otros el ser altruista, se modifica a sí mismo,
pues al hacer el bien suprime el egoísmo latente en él, permitiendo
que la luz de su sabiduría interior ilumine la maligna oscuridad del
mundo circundante. La actuación constante en beneficio de
los demás, despertará la fuerza vital necesaria para lograr una vida
plena y feliz.” “Las cuatro virtudes principales del ser altruista
son: fortalecimiento del yo, el concepto de eternidad, la pureza de sus acciones
y su felicidad. La virtud del yo significa el fortalecimiento del ser a tal
punto que pueda soportar los desafíos exteriores y convertir las dificultades
en oportunidades para su desarrollo.
La eternidad significa una firme creencia en la vida eterna,
junto con un esfuerzo fundado en ella por avanzar incesantemente hacia
la meta. El sentido de la eternidad fortalece la propia confianza en
que, mediante los actos compasivos, uno podrá cambiar al prójimo, el
ambiente, el país y hasta el mundo entero. La pureza se refiere a una vida limpia y brillante, donde los
instintos malignos o egoístas no tengan el poder de cambiar nuestra
dirección. Una vida dedicada a ayudar a otros, en vez de buscar la ventaja
propia, vierte la luz de la verdadera sabiduría y la inteligencia. La felicidad es la alegría de vivir sobre una base inconmovible,
arraigada en la fuerza vital del cosmos.” En nuestra búsqueda
descubrimos el misticismo del “mantra”, que
Enriquito nos había legado, expresado en castellano que consiste
en “considerarse
una manifestación de la fuerza vital cósmica, que a través de la ley
de causa y efecto, reina armoniosamente sobre todas la funciones de
nuestra vida.” Así
intuimos la presencia espiritual de nuestro hijo conduciéndonos hacia
la búsqueda de ese estado de altruismo descrito por Ikeda, pero nos
preguntábamos ¿cómo llevarlo
a la práctica? ¿en qué ámbito? ¿de
qué manera? Cuando
supimos de la existencia de Renacer, de su esencia y de sus fundamentos,
inmediatamente nos dimos cuenta que, a través de Renacer, era posible
aspirar al altruismo al cumplir sus objetivos, como uno de los fines
de esta etapa de nuestra existencia. Es
así que el altruismo inserto en la esencia de Renacer, como ayuda mutua,
representó para nosotros la forma de llevar a la práctica el fin que
intuimos como esencia de nuestra presencia en la tierra, constituyéndose,
en el mejor homenaje que le podíamos hacer
a nuestro hijo, como legatarios del “mantra” que
había traído al seno familiar. A través del mensaje
de Renacer comprendimos que la conmoción existencial producida en nuestras
vidas por la partida de nuestro hijo, “es la puerta de acceso a la espiritualidad,
es decir, que a través de un cambio existencial el hombre, si lo desea,
si es corajudo, si continúa en este viaje, puede tener acceso a la dimensión
espiritual, cuyo resultado es estar en la verdad”, como ha dicho Gustavo
Berti. Intuimos que las transformaciones
existenciales en situaciones límites son una puerta de acceso a la espiritualidad
y a la verdad y nos enfrentó a la gran opción de elegir cómo queríamos
ser, una oportunidad de hacer realidad el ansiado estado de altruismo,
aceptado hasta entonces por nosotros con entusiasmo como una expresión
teórica, sin embargo carente de una forma concreta de llevarlo a la
realidad de nuestras vidas. Tenemos
los defectos inherentes a todo ser humano, pero hemos descubierto
que a través del servicio, la solidaridad, la tolerancia, la paciencia,
el cambio de actitud, aceptación de los demás antes que juzgarlos, la
aceptación de lo que nos toca vivir etc., condensados en la tan incomprendida
expresión “amor incondicional” de dar sin esperar nada a cambio,
podemos llegar a ser mejores personas, pues siempre hay un amplio campo
para cada día, a cada hora, a cada instante asumir una actitud positiva
en homenaje a nuestros hijos. Cada
día la vida nos da la oportunidad de aprender algo más en nuestro camino
hacia una vejez plena, con la esperanza de lograr que en nuestra próxima
etapa de vida, dentro de nuestra existencia eterna, podamos elevar nuestro
estado, hasta merecer ya sea “sentarnos a la diestra de Dios Padre”,
o entrar en el “Nirvana” o si la “verdad última” es que no hay nada
luego de nuestra partida, haber vivido esta parte de nuestra vida en
armonía con la ley universal, cumpliendo con el postulado del filósofo
Manuel Kant al sostener que estamos en esta vida para evolucionar y
ayudar a evolucionar a nuestros semejantes. Teresa
de Calcuta ha indicado cual es el camino al decir “el fruto del silencio
es la oración, el fruto de la oración es el amor, el fruto del amor
es el servicio, y que el fruto del servicio es la paz interior.” En
ello no hay especulación alguna, es haber intuido que nuestra misión
en esta vida ha tomado ese camino, sin otra aspiración que aprender
una lección y cumplir una tarea, estamos en Renacer por haber perdido
un hijo, lo cual no constituye mérito alguno. Conocimos
a Renacer recién dos años después de la partida de Enriquito, en consecuencia,
sabemos lo que es vivir sin brújula, en la bruma, sin encontrarle sentido
a la vida, viviendo como si el dolor nos acompañara para toda la vida,
como vemos a muchos padres que se debaten sumergidos en ese pensamiento; no es nuestro
caso y por ellos nuestra mayor preocupación. Estamos
en Renacer en homenaje a Enriquito y lo estaremos hasta el último suspiro
de nuestras vidas, tratando de trasmitir las potencialidades que se
encuentran larvadas en cada ser humano que es posible descubrir, la
raíz de la conmoción existencial
provocada por la partida de nuestros hijos, pues ese hecho, en palabras
de Elisabeth Kübler Ross, puede generar en los padres un “despertar
a la espiritualidad”. El
Mensaje de Renacer rebasa todos los límites que nos aferran a las emociones,
como sostiene Víctor Frankl cuando define al ser humano como aquel ser
que tiene la posibilidad de oponerse a todo aquello que lo condiciona,
entre lo cual nuestras emociones son el condicionamiento más significativo
de nuestras vidas, pues, al decir de Berti, ellas son la parte reducida
del ser humano. Ya en 1994 Berti decía: “El grupo debe
concentrar sus esfuerzos tratando de que el padre pueda elevarse por
encima de los condicionamientos de sus emociones y de las circunstancias,
y – apoyado en su dimensión espiritual- mirar más allá, hacia un horizonte
de esperanza.” Así se lo trasmitimos
a los padres nuevos, con toda la fuerza que nos trasmite nuestro hijo,
no porque creamos que tengamos “la
precisa”, nosotros no inventamos nada, sólo trasmitimos el Mensaje de
Renacer tal como lo manifiestan Gustavo y Alicia Berti, sus creadores,
y tal como nos lo piden que lo hagamos al decirnos: “Utilicemos esas armas, utilicémoslas para
ser libres, para ser conscientes, para ser responsables, para ser personas
morales por sobre todas las cosas.
Esperamos de todo corazón que estas palabras
hayan llegado a ustedes, que hayan llegado con claridad, para que ustedes
puedan después retransmitirlas.” “Debemos ser fieles al mensaje y honestos
con el mensaje, porque, en realidad, lo que cuenta es el mensaje. Yo estoy en Renacer, no por méritos
propios, sino por Nicolás, como está cada uno de ustedes, no estamos
acá porque uno sea más capaz que otro o más inteligente, o lo que sea,
estamos porque hemos perdido un hijo. En la medida que cada uno de nosotros
nos veamos, nada más y nada menos que como mensajeros, sin pretender
ser más que eso, las cosas van a andar bien.” No nos
apartamos un ápice de los enunciados contenidos en el mensaje de Renacer,
pues nos mantenemos files a su esencia y fundamentos, sin pretender
agregarle ni sacarle nada. Finalmente,
queremos aclarar que no obstante intuir la espiritualidad y la inmortalidad
de nuestra parte espiritual, convicción reafirmada hoy con las experiencias
trasmitidas por el Dr. Brian Weiss, no pertenecemos a ninguna religión,
a las cuales respetamos, pero no necesitamos ningún rito ni representación
física para sentirnos parte del comos. Eso sí, como dice el
“mantra”: nos sentimos una
manifestación de la fuerza vital cósmica, la cual, a través de la ley
de causa y efecto, reina armoniosamente sobre todas la funciones de
nuestra vida, que es la misma fuerza vital cósmica, de la cual participa
nuestro hijo Enriquito, desde el lugar en que se encuentra alojado en
nuestro corazón. Entonces: ¿Por qué estamos en Renacer? Por que fuimos traídos, de la mano, por
nuestro hijo Enriquito. No
sabemos si existe una razón por la que hoy estamos haciendo éstas reflexiones,
sólo sabemos que sentimos intuitivamente la necesidad de hacerlo y así
lo hemos hecho. Ana y Enrique |
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