De la “Hiperreflexión” a
A través de
“Según
la visión de V. Frankl, el análisis del sufrimiento no ha de enfocarse desde el punto de vista “qué es” sino
“cómo es”, método en que está implícito
el dedicarse al fenómeno humano del sufrimiento antes que a las emociones
y sentimientos que son derivados del fenómeno originario que es el sufrimiento.
Nada
hace más egoísta al hombre y más cerrado en sí mismo, que el hecho de sufrir,
pues para el hombre que sufre es sólo él y su dolor, no existe el sufrimiento
de la humanidad; en ese momento es solamente su dolor.
En las
situaciones límites, en los casos de intenso sufrimiento, en las conmociones
existenciales, toma lugar un verdadero aislamiento existencial; desaparece
el mundo circundante que rodea al ser sufriente, no desaparece sólo su significado,
sino el mundo mismo y es capaz de hacerle experimentar la nada, en su plenitud
y puede observarse como desaparece el “hacia” de la autotranscendencia humana;
es como una puesta entre paréntesis del mundo que lo rodea.
En
este reduccionismo en que el ser sufriente ha quedado atrapado en su dimensión
psicológica, la dificultad existencial no reside en desde dónde trascender, pues es hecha desde el propio hombre,
sino que reside en hacia dónde
hacerlo.
Allí
es cuando adquiere relevancia la “ayuda mutua” pues ésta consiste, precisamente,
en salirse de uno mismo hacia otro ser humano, hacia un hermano que sufre.
Es necesario
entender al sufrimiento como un fenómeno patrimonio de la humanidad entera,
tal como lo es la muerte y la angustia y no como un fenómeno sólo del hombre
que lo está viviendo.
Es importante
el análisis del sufrimiento como algo esencial de la humanidad y como una
plataforma desde la cual estudiar la posibilidad de asumir una actitud
que desconectándose de sus propias vivencias, reconozca la capacidad
para oponerse a cualquier condicionamiento ya sea físico o
psíquico, lo que representa un salto hacia la dimensión espiritual del hombre.
Salto
que puede considerarse como una situación de desapego con una intencionalidad
concreta: el preocuparse por otro ser sufriente que hace posible el distanciamiento
del propio yo sufriente.
Según
Frankl el hombre arrojado a esta nada existencial, se enfrenta a dos
posibilidades extremas: o permanece en profundos estados llamados de
hiperreflexión o se re-encuentra con la autotranscendencia propia de su ser que
designa como dereflexión.
1 – La hiperreflexión
Encerrarse
en sí mismo o estar mirándose sólo el ombligo
puede ser visto como un fracaso en
el intento de reconquistar el ser desde esa nada a la que ha sido arrojado. Es
deficitaria, dado que continúa ausente el mundo, es decir el “hacia” o el “a
dónde” de la trascendencia.
En este
caso puede verse al sufrimiento como un anclaje existencial en la soledad
absoluta de la individualidad, o como la imposibilidad de poder salir de hechos que le pueden suceder a un ser humano,
los que impregnan el ocurrir del mundo.
Así,
el ser sufriente, habiendo perdido la existencia del ser del mundo en el cual es, se refugia en sus propias experiencias,
dando lugar a estados de hiperreflexión de los que no puede desapegarse.
El hombre
se ve inmerso en una ocupación egoísta en sí mismo, una especie de auto-contemplación
psicológica perpetua, que conduce a disecar su vida anímica en la
que las emociones se aferran a él, lo poseen y lo posicionan en su mundo
interior.
La
conciencia, que sólo puede ser considerada como «conciencia de», en
estos casos es rápidamente transformada en «conciencia de dolor». De
aquí en adelante todas las experiencias y vivencias de ese ser sufriente serán
percibidas a partir de un estado de conciencia uni-intencional, la «conciencia
de dolor» en la que el «hacia donde» de cada acto remite a la propia interioridad
de la persona.
Bernanos, en su libro Memorias de un Cura Rural,
describe la pérdida de la trascendencia en la voz de su personaje principal:
“Hoy he rezado sólo por mí. Dios no
vino”
Ante cada nueva situación que se presenta se
reacciona siempre de la misma manera.
Esto tiene vigencia en los grupos, particularmente cuando algún integrante hace
gala de una actitud fatalista ante el sufrimiento o, en términos psicológicos,
asume conductas cristalizadas ante él.
2 -La autotrascendencia
La otra posibilidad es la de emerger como
un nuevo hombre, como un hombre capaz de transcenderse sin perder su ser en el
proceso.
Estamos
hablando, en otras palabras, de la dereflexión frankliana como un proceso
mediante el cual el hombre debe “volver” a su ser para conocerlo, y a posteriori
olvidarlo nuevamente, haciendo realidad ese auto conocimiento de los valores
humanos propios que habían permanecido larvados y desde su nuevo ser, usándolo
como plataforma, desplegarlo en una nueva actitud trascendente.
Esto
es la puesta en práctica de lo que en filosofía consiste en el pasaje del
plano caracterizado por el excesivo reflexionar sobre un sentimiento, al plano
metafísico en el que ese mismo sentimiento es visto desde afuera, como espectador
desinteresado, desapegado de ese particular estado de involucramiento con
los hechos que impregnan el ocurrir del mundo.
Sin
embargo, aún es necesario otro paso para que la autotrascendencia se lleve a
cabo, que es la presencia de un
“hacia donde” trascender.
Dicha
presencia es la de un «Otro» con su reclamo
inescapable y mediante la cual ese espectador desinteresado es capaz de salirse
de sí mismo sin aniquilarse, sin perder su ser pero des-hechizado de él, en
palabras de Levinas.
Nietzsche dice que quien alcanza su ideal precisamente por ello va más
allá de él mismo, en otras palabras se transciende a sí mismo.
La ayuda
mutua es el ámbito adecuado para que el hombre doliente despliegue la autotrascendencia,
propia del ser humano, entendida como la salida de la hiperreflexión.
En la
ayuda mutua ese ideal que menciona Nietzsche, es el Otro que sufre y necesita
de nosotros y en ese requerir está implícito no sólo un trascender orientado
“hacia” el otro ser sufriente, sino un “regresar” a su propio ser para asumir
una actitud trascendente no sólo “desde” sino “hacia” él mismo.
Una
actitud que lo haga elevarse por sobre sus propias emociones y sentimientos,
puesto que lo requerido es que se cambie a sí mismo, que se levante por sobre
su dolor para ayudar al otro ser que sufre, para lo cual es necesario que
deje atrás su propio dolor y asuma una actitud que trasunte amor y paz interior.
Así
podemos pasar, casi sin darnos cuenta, de la hiperreflexión —ayuda mutua
mediante— a la libertad a través de la autotranscendencia.
El significado de la presencia del
Otro.
En los
grupos de ayuda mutua aparece, con la dimensión de fenómeno y con un brillo
propio tan intenso que no puede ser ignorado, la presencia de otro ser sufriente,
de otro rostro que requiere; que más que requerir, demanda atención y con
él aparece nuevamente el “hacia” de nuestra intencionalidad, un “hacia donde”,
“hacia quién”, que facilita la dereflexión frankliana, como instrumento de
la autotranscendencia a reconquistar.
A lo
largo de los años, en reuniones mantenidas con diferentes grupos Renacer de
Argentina, Uruguay, Chile y España, hemos hecho una misma pregunta a los integrantes
de los grupos, una pregunta en cuyo preguntar se abre el camino, no sólo a
una adecuada comprensión del fenómeno de la ayuda mutua, sino a la experiencia
del Otro como igual.
Esta
pregunta es: ¿cuál creen ustedes que es el requisito fundamental para la
existencia de la ayuda mutua? ¿Qué es aquello sin lo cual la ayuda mutua no
podría existir? Solíamos obtener respuestas de la más variada índole, aunque
ahora con el pasar de los años se ha comprendido su significado. Así, por
ejemplo, alguien decía ¡El amor!, otro ¡El sufrimiento!, mientras que un
tercero replicaba ¡Un lugar para reunirnos!
En ese
momento se imponía un breve paréntesis para que todos pudieran sopesar las
respuestas y crear una adecuada expectativa, en el ambiente que en tensión
la esperaba, momento en el cual dicha respuesta tomaba vida: ¡El requisito
indispensable para la ayuda mutua es… la presencia de un Otro!
¡No
puede haber ayuda mutua si estoy solo en el lugar de reunión!
Por
esta razón es que debo cuidar más al Otro que a mí mismo, es el Otro el que permite y facilita el despliegue
de mi trascendencia. Es el Otro que me interpela cara a cara, cuya presencia
es experiencia antes que palabra, experiencia de un sufrimiento compartido
que no puedo rechazar ni negar a riesgo de negarme a mí mismo.
Esta
experiencia del Otro, que brilla con luz propia imposible de ignorar, abre las
puertas al problema de la intersubjetividad.
Esta
experiencia se da en toda su plenitud en el mundo
común del sufrimiento, en la que ambos, mi propio yo y el Otro comparten
absolutamente la misma experiencia.
El camino
al aislamiento, que se había planteado al comentar la reducción existencial
queda anulado en la ayuda mutua, en la medida en que se comparte la experiencia
“existencial” del Otro y se produce el salto del egoísmo a la trascendencia
del propio yo, la autotrascendencia, propiciada por esa experiencia.
Es en
la trascendencia, la autotrascendencia del hombre, la presencia del rostro
que me reclama, donde la ayuda mutua adquiere su peso conceptual al reconocer
que el individuo concreto sólo puede ser rescatado por una salida hacia el
Otro motivada únicamente por la dimensión de lo ético.
La
autotrascendencia consiste en desconectar a la persona de sus propias vivencias
para observarlas como vivencias universales, esta capacidad de todo ser humano
de desconectarse, desapegarse de emociones propias es una de las formas de
manifestación del espíritu.
Para Frankl
el espíritu como tal, debe ser necesariamente libre para ser facultativamente
a-intencional o, dicho en otras palabras, la a-intencionalidad es la demostración
de la absoluta libertad del espíritu.
Cuando
una persona que sufre una crisis existencial llega a un grupo de ayuda mutua,
lo hace con todo su sufrimiento
encima, no con el de la humanidad. El hecho inicial, intuido, de encontrarse
con 40 o 50 personas que están experimentando la misma crisis existencial,
tiende automáticamente a elevarla por sobre sus emociones y sentimientos y
hacerle ver a ese sufrimiento como un fenómeno perteneciente a la humanidad,
como algo inherente a la esencia del hombre.
La
resignificación del sufrimiento como esencial humano se refleja en la conocida
frase común a los grupos de ayuda mutua: “Dolor compartido es dolor diluido”,
frase que en realidad significa que la percepción de la universalidad del dolor
facilita la aceptación individual.
Lo esencial reside en el sufrimiento como
fenómeno humano común a todos los hombres,
mientras que lo existencial reside en la manera individual de sufrir, en vivir
el propio sufrimiento sin escaparle, sin negarlo, sin considerarlo una enfermedad.
La esencialidad
del sufrimiento ha sido notablemente transmitida por Buda a través de la descripción
del carácter ineludible del sufrimiento, la vejez y la muerte.
La importancia de esto desde un punto de vista
práctico para el funcionamiento de un grupo reside en que la puerta hacia
la dereflexión se abre de una manera espontánea, a partir de la comprensión
intuitiva del sufrimiento como aspecto esencial del hombre.
Frankl ha insistido en que en la eterna dialéctica
entre el hombre y la vida, donde la
vida es quien pregunta y el hombre es quien debe responder.
A partir
de este enunciado tenemos derecho a pensar que la respuesta del hombre debe
tener el mismo o mayor valor o jerarquía que el interrogante, de lo contrario
la vida tendería a la involución y no a la evolución. Esto contribuye a confirmar
la aseveración de Frankl que el hombre común y corriente que forma parte de
cada cultura tiene un conocimiento apriórico de los valores, como si estuvieran
larvados, que lo guían siempre hacia adelante, hacia un futuro mejor, hacia
una búsqueda de sentido en tales interrogantes, como una brújula que apunta
siempre al norte.
Si a
lo largo de esta línea de pensamiento tomamos a los grandes existenciales
del hombre como son la culpa, la muerte, el sufrimiento y los analizamos desde
la doble perspectiva de fenómenos específicamente humanos y de interrogantes,
tenemos entonces que la respuesta debe ser, en primer lugar mediante otro
fenómeno, también específicamente humano, y en segundo lugar debe ser cualitativamente
igual o superior al fenómeno planteado como interrogante y de esta manera
llegamos a la dignidad, el amor y el servicio como aspectos del sentido que
yace oculto tras todo sufrimiento y se muestra en toda su luminosidad la libertad
humana, que reside en su capacidad de des-ocultar esa verdad, ese sentido
y darle vida sin alterarlo, sin desmerecerlo, sin reducirlo.
Finalmente, en la medida en que el carácter
esencial, tanto del sufrimiento como de la respuesta al mismo pueda ser
percibido por los integrantes de un grupo, será factible, asimismo, la
percepción fenomenológica del grupo como una entidad común, como la
“constitución intersubjetiva de un mundo común y, en tal sentido, objetivo” y
factible de ser percibido de igual modo por cada uno de los integrantes.”
Gustavo y
Alicia Berti
Este es un
aporte de “Renacer Congreso – Montevideo Uruguay” a la difusión del pensamiento
de Renacer, a través de la palabra de Alicia y Gustavo Berti, creadores de los
grupos Renacer.