SOBRE EL DESTINO
“Cuando
una persona ha sido señalada por la vida merced a una crisis existencial u
otra tragedia, una de las primeras preguntas que se plantea es ¿Por qué a
mí; qué es lo que he hecho para merecer semejante desgracia?
Esta
pregunta nos conduce directamente a la relación del hombre con el destino.
Cuando
esa persona se acerca a un grupo de ayuda mutua lo primero que se hace evidente
es que esa pregunta debería ser reemplazada por otra: ¿Por qué a nosotros?,
despojando así a la persona del sentimiento, muchas veces vergonzante, de
ser el único ser sufriente, el último y más despreciable ser del universo,
lo que debiera producir algún alivio sin necesidad de discurso previo.
Sin embargo, es tan frecuente escuchar a los integrantes que se acercan
por vez primera a una reunión grupal insistir, cuando se les concede la
palabra, ¿Por qué a mí?, así como es frecuente escuchar, casi a coro, la
respuesta: ¡Porqué no a ti! Con lo que estamos como al principio. En realidad
la pregunta nos remite a la cuestión del destino y es acerca del significado de
ese destino que debemos interrogarnos.
Durante nuestra permanencia en los grupos Renacer
para padres que enfrentan la pérdida
de hijos, hemos visto cuan conflictiva es la relación del hombre, no ya con
el destino, sino con su propio destino, en la medida en que
pareciera afectar sólo a él; relación difícil, en la que el hombre toma un
rol inquisidor, cuestionador, ubicándose, una vez
más, de manera equivocada, en el papel de amo del universo.
Para el hombre egocéntrico que se
considera a sí mismo el centro del universo, con las cosas y los hombres girando
alrededor suyo para su beneficio y usufructo, el destino no puede ser visto
sino como una afrenta personal, frente a la cual no tendrá respuesta alguna,
dado que, como dice Elisabeth Luka: “…sólo a partir del momento en que el mundo
puede ser percibido independiente de
las condiciones que prevalecen en el observador, puede ser
comprendido, en término de los elementos de sentido, aquello que da sentido
a la existencia humana y capacitan
al observador para responder a las preguntas planteadas por la vida, las que aguardan ser realizados por él.”
Pero, ¿cómo es en realidad ese destino que
tanto nos ha herido en la vida? ¿Estamos indefensos ante él? ¿Somos entidades
separadas? ¿Tenemos algo que decir? ¿Estamos a merced de las circunstancias
que la vida nos depara? ¿Participamos de ellas? ¿Podemos, en alguna medida,
forjarlas y ser artífices de nuestro propio destino? ¿Es este destino pasado,
presente o futuro, o es como la vida misma un continuo plegarse y desplegarse?
¿Preguntamos o respondemos?
Por
último ¿es algo que llega a nosotros desde la vida, o es, como pensaba Rilke,
algo que sale desde nosotros hacia ella?
Se abre
aquí un interrogante de capital importancia: ¿Debe el hombre vivir libando continuamente en un pasado impuesto,
lleno de memorias dolorosas que son fuente de lamentos en el presente? ¿O
acaso tiene algún grado de libertad en sus respuestas?
Al respecto,
Frankl nos dice: “El hombre elabora la materia que el destino le brinda: unas veces creando,
otras viviendo o padeciendo, se esfuerza por cambiar su vida lo más posible para convertirla en valores,
en valores de creación, de vivencia o de actitud”.
Noten
que Frankl dice que el destino nos brinda, casi
con ternura. Más adelante, nos dice: "El destino le pertenece al hombre como la tierra que lo ata con
la fuerza de la gravedad, sin la cual caminar no sería posible. Tenemos que
ver nuestro destino como la tierra sobre la que nos movemos, el piso que ofrece
el trampolín para nuestra libertad... La tierra sobre la que el hombre se
mueve y trasciende ya durante el andar sobre ella, y es tierra sólo en cuanto
puede ser trascendida, o sea, que significa una base para el despegue.
Si
se quiere definir al hombre, habría que definirlo como el ser que hasta puede
liberarse de aquello que lo determina.”
Algo
similar nos dice Rilke "El que no acepta de una vez con resolución, incluso con alegría,
la dimensión terrible de la vida, nunca disfrutará de los poderes inefables
de nuestra existencia, quedará marginado y, a la hora de la verdad, no estará
vivo ni muerto”.
Según
Nietzsche, para los antiguos, cualquier mal estaba justificado
a condición que los dioses se complacieran en mirarlos. Este pensamiento puede
enfocarse a la inversa y decir que habiendo acaecido algún mal, está en el
hombre ganarse la mirada y el respeto de su Dios haciéndose sagrado merced
a la actitud con la que asume su destino.
El hecho
de ver al destino como lo que sale del hombre, reivindica para ese ser, para
nosotros, la capacidad de modificarlo, de hacer que no sea algo estático,
mecánico, conceptualmente acabado e imposible de ser modificado, sino que
sea finalmente un producto de nuestra propia existencia, de nuestra propia
libertad, de nuestra responsabilidad ante la propia vida y de la manera en
que la vivimos.
En
la medida en que tanto la libertad como la responsabilidad son fenómenos que
tienen su origen en la dimensión espiritual del hombre podemos aventurar que
el “destino” no es otra cosa que un «llamado» al espíritu humano.
Este concepto del destino como un producto humano,
permite elegir que esta realización sea dirigida no hacia lo que recibimos
“de”, sino hacia lo que nosotros damos al mundo, permitiendo, eventualmente,
cambiarnos y cambiar el mundo.
Por
ejemplo: si pierdo un hijo joven en un accidente de moto, y veo su destino
como una muerte injusta y mi destino como una vida de sufrimiento, consecuencia
de dicha pérdida, en ese instante he renunciado no sólo a mi libertad sino
a mi autotrascendencia.
Sin
embargo, si considero al destino como aquello que sale de mí, puedo entonces,
merced a mi actitud, no sólo dotarlo de sentido, transformándome en un nuevo
(mejor) ser humano, sino que puedo trasformar una muerte inexplicable, otorgando
a mi hijo el papel de catalizador de mi transformación existencial, y convertir
su muerte prematura en un supremo sacrificio, al que yo he elegido dotarlo
de póstuma intencionalidad.
Aun en el caso que el hombre entienda al destino
como aquello inesperado e indeseado que entra a él, las situaciones límite
le ofrecen la oportunidad de lograr la pérdida de la angustia ante la posibilidad
de tener que “elegir”, puesto que ya todo ha sido elegido.
Según
Kierkegaard, el ansia o la angustia en el hombre
se deben a la necesidad o la obligación de tener que decidir, es el “vértigo
de la libertad”.
Siguiendo esta línea de pensamiento podemos
decir que aquello que llega al hombre desde el destino, a modo de algo que
ya ha sido elegido, presenta en sí la capacidad de transformarse
en una verdadera experiencia liberadora.
Esto
no es una mera especulación teórica, dado que en los grupos de ayuda mutua
para padres que enfrentan la muerte de un hijo, muchos de ellos manifiestan
haber perdido el miedo ante la incertidumbre a partir de dicha pérdida. En
esos casos es muy común escuchar: ¿Qué más puede pasarme ya? ¿Qué me queda
por perder si ya ni a la misma muerte le temo?
Para Heidegger el hombre
puede escapar de la lamentable situación de inautenticidad
en la que se halla sumido, mediante un salto, un acto de libertad, una decisión
que consiste en aceptar la realidad de la muerte. Insiste, además, en que
el hombre lleva una existencia auténtica de acuerdo con su propio ser cuando
mantiene siempre ante sus ojos la realidad inevitable de la muerte.
Este
mismo salto, este mismo acto de libertad, este salto de la inmanencia a la
trascendencia, también la da el hombre al enfrentarse a otras situaciones
límite. El hombre auténtico se atreve a desafiar la desnuda realidad del sufrimiento,
y es precisamente a través de este valeroso y heroico enfrentamiento que llega
a darse cuenta que verdaderamente existe, se da cuenta que es un ser y no
un ente. Aquí Heidegger plantea el hecho de que
el enfrentar la muerte y reconocerla como parte inevitable de la vida, lleva
a la transformación del ente en el ser, es decir, hace que el hombre pueda
ser.
El sufrimiento
intenso, inevitable, ese sufrimiento que lleva en él la posibilidad
de aniquilar al hombre presenta, en cambio, la capacidad de llevarlo a recorrer
un camino existencial distinto por su “bidireccionalidad”,
dado que puede hacer que seres humanos retrocedan a la categoría de entes
al padecer un sufrimiento al que no han sabido encontrarle un sentido, como
una frustración o un malograrse de la existencia humana, pero también puede
hacer que otros seres que al haber perdido la angustia merced a una decisión
que ya ha sido tomada por el destino, y utilizando esa libertad plenamente
lleguen a adquirir un conocimiento del ser tan intenso, tan profundo que los
lleva a un estado de iluminación, o de ampliación de la conciencia.
En
algún momento de su sufrimiento el hombre reflexiona sobre el destino y es
entonces donde la instancia del grupo es de gran utilidad, en él puede verse
reflejado en múltiples espejos y apreciar como algunos pares han sido capaces
de forjarlo y convertirse en artífices de su destino mientras otros sólo han
podido doblegarse ante ese visitante indeseado que llegó sin que lo inviten
y, una vez más, vemos que es el propio hombre doliente quien debe decidir
el rol que juega el destino en su vida.
Este reconocimiento de la realidad, esta aceptación
de lo que la vida le depara al hombre está descripta de una hermosa manera
por Bernanos en su Diario de un Cura Rural: “Después de cada una de las pruebas decisivas
de mi vida, he sentido una especie de torpor, un
entumecimiento de la mente muy agradable que me da una curiosa sensación de
ligereza, de felicidad. ¿Qué clase de felicidad? No sabría decirlo .Es una
alegría sin par. Pienso que ha ocurrido lo que debía ocurrir y que todo ha
pasado ya.”
En este mismo
sentido debemos recordar la manera en que San Agustín se dirigía a su Dios:
“Señor: dame lo que mandas, y manda lo que quieras”, para San Agustín sólo
le restaba aceptarlo.
Desde el punto de vista de los seres sufrientes,
podría definirse al destino como una acción en que la vida o Dios realizan una situación posible que comprende
a un ser humano o un grupo de seres.
De tal manera que nuestro destino no podría ser
analizado independientemente de aquél de nuestros seres queridos, ni del de la
humanidad que nos rodea. Esto significa que, en última instancia, no podemos
hablar del destino individual sino de como esto que está sucediendo com-prende a cada individuo y, a su vez, com-prende también a los seres que lo
rodean, es decir, que aun con nuestra crisis existencial, e inmersos en esa
confrontación con un destino que pareciera dominar nuestra vida por completo,
continuamos, aunque no seamos conscientes de ello, abiertos a otros seres que
siguen existiendo, seres que nos necesitan, que esperan algo de nosotros y esto
nos recuerda las palabras de Nietzsche:“El que tiene un porqué vivir, siempre
encuentra el como hacerlo.”
Este es
un aporte de “Renacer Congreso – Montevideo Uruguay” a la difusión del
pensamiento de Renacer, a través de la palabra de Alicia y Gustavo Berti.