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Supe del sufrimiento, y sé del sufrimiento. Sé de la muerte posible, de la mía, muy palpable, muy sencilla, y no de ese aforismo que podría colgarse en el living como un risueño cuadrito con la leyenda de "Todos los hombres son mortales". Ese mensaje que recibí, esos resultados de laboratorio, eran para mí, no para todos. El sufrimiento da la plenitud de conciencia de tu individualidad y de tu soledad. El "Todos" de las grandes frases, desaparece. Sufro. Por lo tanto existo. El sufrimiento es una convocatoria a pensar que se vive, y a vivir que se piensa. Un llamado a la autenticidad. Fíjate eres tú, y debes quitarte las vanas cáscaras de tus bienes y de tus bienestares", de tus éxitos, de tus envidias, de tus competencias, y de tanta guerra diaria. Vete. Vete de tanto ruido. Acostado en mi cama de sanatorio contemplaba el techo. Pensé: Miguel Ángel pintaba imágenes, yo pinto ideas. Estaba re-viviendo, re-naciendo, y por tanto re-flexionando. Flexionado sobre mí mismo, sobre mi pasado, contemplando el presente, el entorno que bullía en mi cabeza; mi esposa y mis hijos en primera instancia, luego mi madre a quien buscaba en otro lugar y le pedía que apareciera en mis sueños, la foto esa en que mi madre, hermosa, jovencita, está sentada en la ciudad de Corrientes, donde vivía su hermana, con Lily, la hija menor de su hermana, y yo al lado, chiquito, parado, gordito, mirando al futuro. Yo. Uno dice yo en esta soledad de techo y televisión apagada, y se pregunta qué dice. Quien es yo, qué es Yo. En los grandes momentos de la vida, estelares o abismales, me brotan en la boca poemas. El poeta es el único que puede expresar el silencio en palabras. Ahí está el incomparable Quevedo: "En el mundo naciste, no a enmendarle, sino a vivirle, Clito, y padecerle; puedes, siendo prudente, conocerle, podrás, si fueres bueno, despreciarle. Tú debes como huésped habitarle..." Un huésped viene, un huésped se va. La imagen la encontré por vez primera en Lucrecio, en su poema filosófico De la naturaleza de las cosas. Dice el autor que somos, efectivamente, huéspedes, pasajeros, gente invitada al banquete, y cuando uno se retira del banquete debe estar contento, y agradecer. ¿De dónde soy huésped yo?, me preguntaba. ¿Del sanatorio? ¿De mi casa? Es cierto, no podemos enmendar nada, salvo enmendarnos. Huésped. ¿Cómo vive un huésped? Ligero de equipaje, decía Antonio Machado. Saber es fácil, vivir es difícil Saber es fácil. Te llenas la cabeza de información, el alma de frases hechas, los nervios de reflejos condicionados, y confesos esquemas vas recibiendo y acomodando las experiencias. Una vez que sabes, ya sabes. El sufrimiento se me ha instalado para que aprenda a vivir y deje de saber Ahora estoy aprendiendo a vivir. Desde esta cama de sanatorio. No es fácil, no creas. Fácil es escribir, decir, discursear o predicar. Vivir es difícil. Me pasé la vida estudiando, indagando, pensando, aprendiendo. Eso es y sigue siendo fácil. Todo lo que amas es fácil. Porque lo eliges. Pero no eliges vivir. Por eso es difícil, es la sorpresa de la ocurrencia, eso que ocurre, que te salta, que te abraza, que te araña. Difícil. Y mucho más aprender a vivir. Porque para eso vivimos: para aprender a vivir, eternamente, captando cada momento en su plenitud de eternidad, aquí, ahora, al sol, o acostado junto a un aparato de hierro de cuya altura una bolsa de plástico me infiltra gota tras gota, y ahí mismo es posible el alma, porque también eso es alma, también eso es vida, también eso es Dios. Irse, dijo Jesús Cuando Jesús incita a abandonar los padres es en el sentido de despegarse, despojarse de la carga del autoritarismo. Y por eso, también, les dice a sus apóstoles: "No toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas. En cualquier casa en que entréis permaneced allí, y de allí salid." (Lucas 9) No quedarse, no permanecer. Irse. Filosofía del pasajero del huésped que busca a Dios en todas partes porque no está en parte alguna. Irse. Está invitando a despojarse de ataduras prejuiciosas que imponen varas de medida para el bien, en cuanto felicidad, y para el mal en cuanto desdicha. Irse es la ley de los que quieran verdaderamente ser y desarrollarse; deshacerse de cosas, rótulos, definiciones, es la ley de los que ascienden hacia la humildad de no soy nada, y por eso acceden a la grandeza de Todo. Para ser Alguien tengo que ser nada. Si me aferro al ser algo, soy nadie. Nada produce nadie. Esta enfermedad, esta pérdida que me acosa hasta la pérdida final y definitiva, no quiere que yo pierda, quiere que yo gane. La miro, la observo. Esta gente que entra y sale, médicos, enfermeras, la persona que limpia el piso y el baño, todo este ruido es parte del ser. Son. Como el arco iris. Medito: -Como el arco iris, la lluvia cruzada por la luz. Y la transitoriedad. Arco iris transeúnte, fugitivo. No quieras cerrar el puño sobre nada, porque el tener es imposible. Sólo el
ser es posible y consiste en esa fuga interminable de momentos, situaciones, arco iris. Aprendí: todo es vida. Todo merece ser vivido en plenitud. El arco iris nunca visto Viajaba yo días atrás en avión, mirando por la ventanilla las nubes que nos rodeaban, y de pronto distinguí en una nube el arco iris. No había sido educado para verlo allí. Me pregunté si veía bien. Me fijé, y sí era él, el arco iris, y ahí estaba, vagando entre nube y nube. Y no me explique nadie, por favor, cómo se forma el arco iris. Nada explicará esa belleza, ese encanto, ese encuentro allí alto, en los cielos, mientras uno cree que está viajando a algún lado y repentinamente ha de despertarse de sus planes y contemplar aquello que no fue planificado, que no está cubierto por el costo del pasaje, un arco iris en la nube, como si fuera una película proyectada por alguien, para mí, especialmente para mí. Todo lo que te ocurre, te ocurre. O te pasa, es decir le pasas de largo y no pasó nada. El sufrimiento, la futura despedida es un llamado, una convocatoria a vivir eso que estás viviendo. "Recuerda el día de la muerte", dice un texto antiguo. ¿Por qué hay que recordar el día de la muerte? ¿No es eso amargarse la vida? ¿Si uno recordase momento a momento el día de la muerte, cómo dará un paso, cómo se atreverá a vivir, a amar, a hacer proyectos? La pregunta la planteé, años atrás, en un seminario en Boston con el maestro J.D. Soloveitchik. Él nos explicó: -Debemos vivir para la alegría, no para la tristeza. Los profetas si eran depresivos no podían ser profetas. Un cosmos en el que Dios existe, aunque no sepamos nada de Dios, no puede ser sino de espíritu de dicha. Pero a tal efecto, justamente, hay que recordar el día la muerte. Detener la marcha. Porque esa marcha suele desviarse hacia fines negativos o enajenantes, ganar dinero, ganar prestigio, ganar en la discusión, ganar conocimientos, ganar uno y que pierda el otro. Despiértate, no vivas para tener, porque todo tener es perder. Recuerda, dicen los sabios, el día de la muerte. Es como un remedio amargo para limpiar tu interior de algún maligno empacho. No lo hagas diariamente. Pero de tiempo en tiempo es sano ese trago amargo. De muchos que uno es, se termina siendo solamente uno Buscando a Dios entre la niebla, dice Antonio Machado. El poeta revisa su biografía. Es la mía. Es la de todo aquel que haya ganado, que haya perdido, y que haya aprendido que todos nuestros devaneos, luchas, escaladas, no son más que variaciones sobre un solo tema: "Converso
con el hombre que siempre va conmigo Partirá la nave, partirá. Se nace y la nave parte, se llega y se ha muerto. No quiero llegar nunca, no. Es una locura todo este equipaje. Cargar y descargar. Soy muchos cuando nazco, y uno solo cuando muero -meditaba melancólicamente Paul Valéry. Miraba yo el cielorraso buscando en él señales que uniéndolas configuraran algún rostro, y sería ese mi rostro, me decía. Persona significa en latín máscara. La máscara del actor. La del profesor, la del ser padre, la del hombre en sociedad. Un rostro que siempre es esta o aquella mascara. La máscara representa. Solo en la cama del sanatorio pude desenmascararme. Solo el sufrimiento puede lograr que no representes, que no esperes aplausos o testimonios. Sin máscaras y el líquido ese espeso que baja, gota a gota, sin máscara, y penetra en mi cuerpo amistosamente. El beso y el llanto Lo posible es el santuario de la razón, de la ciencia, de las verdades consagradas. Lo imposible es el recinto de lo no dado, de la fantasía, de la alternativa, la crisis del programa y el surgimiento del aprendizaje. Es tan imposible, es decir imprevisible, la llamada dicha como el llamado sufrimiento. Porque son llamados así. No puedes prever el beso, no puedes prever la tempestad. Espera. Están. Se incuban en el fondo del tiempo. Cuando Jacob se enconjró con Raquel, quedó deslumbrado. Habló con ella. Luego la abrazó, y la besó, y lloró. Lloró, ¿porqué? ¿No era dicha? Era, sí, dicha infinita pero finita a la vez. Tenía los ojos demasiado abiertos. La miel y el aguijón son un solo ser aunque aparezcan separados. Lloró porque en el momento de ligarse a ella ya presintió el momento del desgajamiento, de la partida de alguno de los dos, y del que se queda partido. Si captáramos la realidad de la realidad, la viviríamos en toda su plenitud; el beso sería mucho más intenso, mucho más inolvidable, si a su sombra vibrara la finitud de todo beso. La capacidad de asombro, de tbaumazein -decían los griegos-que es capacidad de abrir los sentidos para percibir lo de siempre pero descubierto, despojado de etiquetas boticarias. Hablamos de la poesía. Y cuesta hablar de la poesía, que es el otro hablar, el hablar de la otredad. Que hable el poeta Pascoli acerca de la posibilidad de lo imposible que es lo imprevisible: "No te extrañe si un noble corazón al que pruebas, te muestre un aguijón inesperado, esconde toda piedra un escorpión. No te extrañe si en malo corazón sientes, tal vez un bondadoso grito, un latir santo: todos los cipreses tienen un nido." Es posible. El nido de los cipreses No te extrañe. Los cipreses tienen un nido. En el conocimiento el otro es mi infierno, mi piedra, mi escorpión, mi ciprés. En el desconocimiento caen los rótulos y posiblemente aparezca lo imposible: el otro del otro, y el otro del mí, y un lazo de convivencialidad fuera de toda norma prefabricada. No hay otro tema para mí, para el mí de mí mismo, que el otro, que yo. La poesía de las cosas, de las brisas, de la unicidad de esta luna, es mero ejercicio para la otra poesía, la del ser con el otro dentro del contexto republicano que arma el contrato social y debajo de él estimular al ser contra el otro. No soy, estoy siendo. No pienso. Según Descartes uno se da cuenta, cuando piensa, de que existe. Descartes jugaba al pensamiento frente a un hogar encendido, dulce, calentito, en una noche de invierno, y con una copa de coñac al costado. No, no pensaba en serio. En serio piensa el que está a la intemperie, el que se siente arrojado al frío del cosmos, con una carga de dolor que le hace sentir la presencia de sus propios huesos. Tengo huesos, porque tengo médula. Y sé que los tengo porque la médula está enferma. Sé que existo porque sé que dejaré de existir. Y esto no es juego. No quiero pensar para armar catálogos y bases de datos. No quiero ser definición alguna. Por eso suelo rechazar esa tentación que tiene la gente de leer mi curriculum, cuando doy alguna clase, para presentarme. Soy, fui todas esas opciones que el curriculum relata, pero no son mi prisión, son apenas pinceladas que la sociedad requiere para clasificarme, nominarme, encerrarme en respuesta a la pregunta: -¿Ese llamado Jaime Barylko ¿qué es? -Es filósofo, es docente, es escritor, se doctoró en Solemos confundir al ser con su profesión, con sus haberes. Así estamos educados, de modo que solo apreciamos la exterioridad del ser, aquello que la foto puede revelar. Queda ignoto el ser en cuanto ser, reflejo del universo, interrogante del padecimiento y de la gloria. Queda ignoto, si. Pero está dentro de la cáscara, como el blando contenido de la nuez dentro de esa dureza que lo protege. Unos se presentan con esa dureza de la cascara de su profesión, las cosas que hacen, el auto que compraron y el futuro plan de vacaciones. Y uno sonríe, para el éxito. Vivimos para los demás. El sufrimiento te despierta. Rompe la cascara, la fractura, y aparece la médula, el ser en cuanto ser, finito e infinito alternativamente. ¿Qué soy en el universo?, me preguntaba esa tarde con el resultado del análisis, detenido en la calle. Y no veía a nadie, salvo el universo y mi pregunta.
Nadie dirá: es el hombre que vio al sufrimiento cara a cara, lo enfrentó y le preguntó: -¿Qué haces tú en mi vida? ¿Para qué viniste? ¿Qué necesidad tienes de mí o yo de ti? Es el hombre que se interrogaba diariamente cuándo vendrá el sufrimiento, qué forma tomará, a quién afectará, dónde golpeará. Es el ser que buscaba en una clínica en el cielorraso respuestas y se decía que esta quimioterapia es tan vida como su última fiesta de cumpleaños, como la pasada visión del mar apacible en Santa Marta, sí, en esa localidad que no tiene tren pero tiene tranvía. Me sonreía en la translúcida caída del atardecer en la ventana. A esa hora se apagan las voces en el sanatorio. Silencio de meditación o de rezo. Los que estaban se fueron, y los que vienen aún no llegaron. Esto es vida, eso aprendí. Tu vida es toda tu vida, el beso aquel, y esta tarde que se esparce sobre uno en la cama de un sanatorio. También esto es vida. Es tan parte de tu ser, me dije, como el paseo aquel por el Bosque de los Arrayanes, que tanto me estremeció. Esto no se puede alcanzar en ningún hotel de lujo, en ningún punto del mediterráneo, en ninguna primavera. Solo aquí está sucediendo, porque solo aquí puede suceder, y este momento es hermosura. Sufrimiento, pensé, para lanzarte a otro orbe, otra esfera, la de la pregunta, la del dolor, la de la hermosura. Eso aprendí, te cuento. La gran
lección. Eso que dijo Job y yo no puedo decirlo mejor: "¿Acaso solo el bien recibiremos de Dios y el mal no lo aceptaremos?" Es que Job aprendió, me digo, que el bien y el mal son apariencias. Son clasificaciones que hemos heredado ciegamente de nuestros antepasados y a partir de esa herencia nos manejamos mecánicamente tachando de bien los días de sol, y de mal la llovizna fría. Es que el sol me permite salir, huir de la estrechez de este mismo que ya ha dejado de ser, múltiple, porque se ha amoldado a reglas de consumo social; eres ESTO, una cosa que debe crecer, subir su propio precio, alcanzar cimas de éxito, envidiar y ser envidiado, luchar contra otros. "El hombre es una pasión inútil", recordé a Sartre. El arte de comer cuando se come Un sabio budista decía: -Ustedes los occidentales nunca viven. -¿Por qué dice esto? -interrogaron los estudiantes, conmovidos, vulnerados. -Es que corren constantemente, aun cuando aparentemente descansan. Pero la cabeza corre, siempre está en el momento siguiente, en el próximo éxito, en la conquista de mañana, en la ganancia de fin de mes, en el viaje de vacaciones. De modo que nunca viven lo que viven. Cuando están en la playa y dicen que se dejan acariciar por el sol, la bría arena y el límpido cielo, en realidad la cabeza está en otro lado, en alguna oficina, en alguna compra y venta, en alguna transacción, o en a quién ganarle la competencia, o... -¿Y usted, maestro, cómo vive? -preguntaron, azorados, los muchachos. -Yo cuando como, como, y ahí me concentro porque eso soy y en eso estoy y eso es ser yo. Cuando bailo soy el baile, y nada más que ese baile. Y cuando juego, juego, y lo hago con plenitud y no como medida para pasar el tiempo y no aburrirme. El que vive lo que hace, no se aburre nunca, porque alcanza la plenitud en todos los momentos del suceder existencial. Sabiduría de la paciencia El rey Lear es una profunda tragedia de Shakespeare. Trata de un tema eterno: los hijos contra el padre. La naturaleza. La real naturaleza que ordena que los viejos sean suplantados por los jóvenes. Y la naturaleza de los viejos que no quieren abandonar su poder. La guerra entre las generaciones. Las hijas del Rey Lear aprovechan la bondad y el desprendimiento de su padre para ir quitándole todo su poder y de esta manera quitarlo del mundo de la ambición y la conquista. Despojarlo de dinero, séquito, casa, protección alguna. Gonerila: -Escuchad señor. ¿Qué necesidad tenéis de llevar un séquito de veinticinco individuos o de diez o siquiera de cinco a una casa donde un personal dos veces más numeroso tiene la orden de serviros? Regaña: -Eso, ¿qué necesidad hay de que tengáis un solo servidor? El rey Lear: -Sobre las necesidades no hay que razonar. El más vil mendigo se permite siempre en su indigencia algo de superfluo. Si no concedemos a la naturaleza más que lo que ella exige, el hombre descenderá al nivel del bruto. Tú eres dama de alto rango, y si para tu lujo te basta con vestirte bien arropada, ¿por qué esos vestidos que llevas, y que solo imperfectamente te guardan del frío? Pero hay para mí una cosa de primera necesidad y es la paciencia... En mis días de meditación leía yo este texto y pensaba: en efecto somos hijos de nuestras construcciones mentales, de necesidades innecesarias y por ellas sacrificamos la vida, casas exuberantes, paseos sofisticados, muebles de fina textura, y todo eso que pergeñamos no es nuestra necesidad para nosotros, sino para los otros, para obtener el beneplácito de los demás, de la moda, del qué dirán. Nada es primera necesidad. Salvo la paciencia. Saber esperar es saber vivir. Lo demás es superfluo. Miré hacia la ventana. Anochecía. Paciencia, paciencia. Del verbo padecer, sí. De ese mismo verbo proviene la pasión.
El éxito puede devorarte. He ahí el bien que es apariencia de bien, porque todos dicen que es bien, y en verdad puede ser mal y, aunque sonríe, oculta detrás los dientes de tu despedazamiento. Me dije: Te has vuelto cosa, Jaime. ¿Eso era lo que querías? Te olvidaste de tu niño, de tu adolescente en esa bohardilla, cerca de la cancha de San Lorenzo, donde acostado soñabas con ojos abiertos, mientras coleccionabas documentos de cultura, programas del Teatro Colón, suplementos literarios. Ahí soñabas Jaime, le dije a la sombra esa en el cielorraso mientras se oía el murmullo de cambio de guardia de enfermeras, soñabas no con el éxito, no con la grandeza que viene de afuera, sino con el alma de poesía, soñabas en griego, en latín, en hebreo, metido como estabas en esos mundos, añorando el proyecto de vivir algún día a la sombra de las columnas del Partenón, con un libro de Píndaro, otro de Horacio, otro de Moisés de León. Pensar, pensé, que uno podría transcurrir
una larga vida de mente ferviente con solo esos tres libros. Después de
todo tal vez tenía razón -ironicé en mi interior- aquel político que ordenó
quemar |
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